Rabia de Basora moliendo grano durante su esclavitud. Ilustración en una enciclopedia persa del siglo xvi.

Rabía al Adawiya

Viajamos hoy con Rabía al Adawiya, una mística sufí, al golfo Pérsico, en concreto a la ciudad de Basora, en la actual Iraq.

Nos situamos en el amanecer del siglo VIII d. C. en Persia y una nueva corriente de vida corre como la pólvora en el final del Imperio Persa, que muere entre guerras, corrupción, hambrunas y enfermedades.

Sobre todas las cosas, muere por una galopante decadencia de los verdaderos valores que una vez levantaron dicha civilización.

Los valores que Zoroastro llevó como mensajero a este pueblo y que los humanos preparados prendieron dentro de sí dando lugar al gran Imperio Persa, que, ya en el S. VIII, parece un sueño muy, muy, muy olvidado.

Pero todo este esplendor existió… Y como quiera que cada vez que el derrumbe moral, se instaura en una civilización, los valores Eternos vuelven a ser presentados bajo una nueva forma, a través de un nuevo Mensajero.

Esta nueva corriente de vida que se diseminó en solo unas pocas décadas por todo Oriente Próximo y Medio y África del Norte fue el Islam.

¿De dónde provenía esta nueva corriente?

El Islam, como toda Enseñanza verdadera, proviene de la Eterna Fuente.

Su origen no lo sé pues no lo tiene, mas sé que todo origen de ella viene, como nos diría el también poeta San Juan de la Cruz…

Esa Fuente, de donde mana la dialéctica del Ser, volvió a hablar a la pobre humanidad doliente en esta ocasión a través de un humano preparado, el profeta Mahoma.

Pues bien, han pasado unos años tras la muerte del Profeta y la doctrina de re-unión con el Ser interior corre y galopa de tribu en tribu, y en Basora arrasó la ciudad. Prendió los corazones.

Como no todos los seres humanos tenemos el mismo nivel de comprensión, a unas regiones llegó la doctrina de una forma menos comprensiva, más externa.

Fueron  normas, ordenamientos, como construcción social basada en unos ideales… Es lo que se denomina el Islam exterior.

Y a otras llegó una doctrina más Verdadera, la interior, la del auténtico camino espiritual.

En el Islam a esta enseñanza interior se le llama Sufismo.

Y a través de buenos instructores llegó al matrimonio formado por los padres de la que sería Rabía. Y les robó el corazón.

El Sufismo en el antiguo Iraq.

Unos setenta años después de la muerte del Profeta Mahoma, esta pareja se conoció en Basora, ciudad y región donde hubo un crecimiento muy rápido del Islam.

Esto ocasionó disputas entre las diferentes facciones, poca madurez en la doctrina, muchas tareas administrativas para comenzar la aplicación de la Saria (la Ley islámica) y la educación de los niños en este nuevo credo, establecimiento de una nueva jerarquía religiosa, etc.

Algo muy fuerte había llegado a Basora y la población no estaba preparada para este torbellino que siempre se forma alrededor de una nueva doctrina instalándose.

En este contexto llegaron los problemas.

Los padres de la que sería Rabía seguían ahondando hacia más profundo conocimiento de Alá a través del Sufismo, y vieron que la ciudad los apartaba de su verdadero sentir.

Desilusionados con la institucionalización buscaron la forma de llevar una vida espiritual más introspectiva.

Se casaron y se establecieron cerca de otros sufís, en un pequeño pueblo, en el límite con el desierto, lejos de la psicología egoica de la ciudad.

Los sufís realizaban trabajo para subsistir y rechazaban estar metidos en la vorágine del mundo, salvo cuando daban la instrucción a las nuevas almas por llegar.

La historia de Rabía.

La niña Rabía fue la cuarta hija del matrimonio (Rabía significa precisamente eso, ‘cuarta’, en árabe).

Cuando nació su padre tuvo un sueño donde Mahoma le dice: “Tu hija recién nacida es una favorita del Señor y dirigirá a muchos musulmanes hacia el recto camino”.

En uno de los periodos de sequía-hambre-enfermedad que vivió la comarca sus padres fallecieron.

Rabía y sus hermanas pasan al cuidado de diferentes personas, separándose entre ellas. Todo esto lo narra el místico sufí Farid al Din Attar, el maestro de Rumi, de quien estamos tomando los datos para esta biografía de Rabía.

La niña, durante un viaje en una caravana por el desierto, fue hecha cautiva y vendida como esclava.

El Misticismo de Rabía.

El amo de Rabía la empleaba en trabajos duros. Y aquí comienza el ojo agudo a poder ver: la joven Rabía, pese a sus circunstancias, sigue buscando relación con los sufís y sigue ahondando en su camino hacia el castillo interior.

Reza durante sus tareas en el día y por la noche duerme poco y dedica horas a las prácticas sufís.

Oración, ayuno y plegaria constante a Dios se convierten en su día y noche. Nunca esconde su orientación interior fuera cual fuera su tarea del día o compañías.

La vida de la ya mujer Rabía fue causando una profunda huella en su amo, quien un día se dirigió a ella diciéndole: “Puedes morar en esta casa como dueña de la propiedad y yo servirte a ti, o bien, si prefieres irte, estás liberada de esclavitud”.

¿Qué hizo Rabía? Tomó la segunda opción, partió para el desierto y pasó un periodo como asceta.

Vivía retirada, pero cerca de una comunidad sufí del desierto que la atendía en asuntos espirituales y materiales.

En Busca del Maestro.

Tras este periodo su llamado interior le hace buscar un Maestro: con su cuenco y su estera parte hacia la ciudad y busca a Hasan al Basri, Jasán de Basora, quien la toma como discípulo.

Su llegada a la sangha mueve muchas situaciones en la “hermandad” y se producen algunos conflictos por parte de otros estudiantes.

El Maestro Jasán, ante estos estudiantes que presentan mala voluntad contra Rabía, decide no dar Enseñanza cuando ella no está presente.

Estos le preguntan por qué y él les responde: “El jarabe que está contenido en vasijas para ser llevadas por elefantes no puede ser cargado en vasijas por las hormigas”.

En esta época en Basora la fama de Rabía va creciendo y se refleja en su biografía que participa en discusiones teológicas con los cargos religiosos musulmanes.

En uno de estos debates con los leídos, los instruidos y los entendidos oficiales del Islam, Rabía sale del lugar hacia las calles de Basora con un cubo de agua en una mano y una vasija con fuego en la otra.

Cuando le preguntaron qué estaba haciendo, dijo: “Quiero que los fuegos del Infierno dejen de quemar y quiero incendiar las promesas del Paraíso. Ambas bloquean el camino hacia Alá. No se trata de la adoración por miedo al castigo ni por la promesa de recompensa, sino sencillamente la que se hace por amor a Alá”.

A lo largo de su vida un número de hombres solicita su mano pero su Ser interior no la lleva por el camino del matrimonio, y es a este llamado al que sigue siempre nuestra flor del desierto.

Rabía al Adawiya, una mística sufí

Pasan las décadas en Basora y Rabía tiene ya a un buen número de discípulas a las que transmite el Conocimiento interior.

Cuando habla de la Divinidad lo hace en forma de poesías, motivo por el que es conocida como la gran poetisa sufí. Casada con la santa pobreza y austeridad máxima, esta es la nota determinante en su vida.

En la vejez emprende la peregrinación a la Meca, y cuando llega a la Kaaba se refleja en su biografía que se lamentó de no poder ir más allá de la Morada para alcanzar al Morador.

Rabía siempre fue a la raíz. Es por tanto radical en su camino directo al Ser.

Escapando cada vez más de su condición humana, se va haciendo una con su Creador, y tenemos constancia de esta poesía que se le atribuye: “Cuando amo a Dios soy el oído por el que Él oye, el pie con el que Él anda, la lengua con la que Él habla”.

En el año 801 d. C., con más de 80 años, Rabía marcha de peregrinación a Jerusalén y allí la busca la Muerte. Quienes la acompañaron en este momento refieren una última frase: “Mi amado está siempre conmigo”.

Dónde fue enterrada.

Se recoge que fue enterrada en la capilla de la Ascensión de Jerusalén, un templo cristiano.

Levantado en el monte de los Olivos en honor a la Ascensión de Jesús, que tuvo lugar en dicho enclave según se refleja en el Libro Hechos de los Apóstoles, en el S. IX d. C. la capilla de la Ascensión y todo el terreno colindante formaban parte de un emirato musulmán.

Allí se cree que pudo oficiarse el entierro de esta poetisa del amor Divino según la tradición sufí.

A su muerte, necesitado el islam de referentes, se tomó con mucho entusiasmo la figura de esta mística.

Se divulgaron su vida y obras como medio de transmitir la enseñanza de la Mística y la unión con Dios.

Su nombre aparece en numerosos textos del islamismo primigenio como una guía espiritual que dio forma a cómo sería conveniente que fuera la vida de un sufí, de un entregado a Dios.

En las crónicas de la primera etapa del Islamismo aparece su nombre en oro y a través de ella muchos conocieron el Camino de la Autorrealización Íntima del Ser.

*Esta palabra todavía no está aceptada por la R. A. E., pero es una de las que tiene pendientes. Significa exactamente “derrumbe moral de una civilización”, es una suma de derruido y roído.

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