CelebraciónSantaLucía enEscandinavia

Lucía de Siracusa

                                   Lucía de Siracusa  

Lucía fue una joven de la ciudad de Siracusa, hija de cristianos, nacida en el S. III. Su padre murió cuando era pequeña y su madre la comprometió con un joven pagano en matrimonio. Por su parte Lucía era una joven que se tomaba la Enseñanza de Jesús con verdadero interés e hizo un voto de entrega a Dios.

La madre enfermó y Lucía la persuadió para que fuesen a rezar a la tumba de Águeda de Catania —santa Águeda— pidiéndole la intercesión para su curación. Hubo sanación y esto llenó de un renovado ánimo cristiano a la progenitora de Lucía, rogándole la hija ser liberada del compromiso con el joven pagano ya que quería consagrar su vida a Dios. La madre accedió, pero el pretendiente, despechado, denunció a la joven ante el procónsul por culto cristiano, todo esto en tiempos del emperador Diocleciano, “el terror de los cristianos”.

De este modo Lucía fue apresada, y aquí comienza su martirio, que no está atestiguado por fuentes contemporáneas o inmediatamente posteriores a la persecución de Diocleciano, sino por relatos ulteriores. El más antiguo de estos relatos es un martyrion griego (Bibliotheca Hagiographica Graeca. 3 volúmenes, pág. 995. Halkin, F. ed. Bruselas. 1957), y su redacción latina correspondiente (Bibliotheca Hagiographica Latina Antiquae et Mediae Aetatis. 2 volúmenes, pág. 4992. Bruselas. 1898)​ es al menos un siglo más tardía: cuando Lucía fue arrestada bajo la acusación de ser una cristiana el procónsul le ordenó que hiciera sacrificios a los Dioses. Lucía respondió: «Sacrificio puro delante de Dios es visitar a las viudas, los huérfanos y los peregrinos que pagan en la angustia y en la necesidad, y ya es el tercer año que ofrezco sacrificios a Dios en Jesucristo entregando todos mis bienes».

Irritado, el procónsul ordenó a sus soldados que la llevaran a un prostíbulo para que la violaran y, dirigiéndose a Lucía, le dijo: «Te llevaré a un lugar de perdición, así se alejará el Espíritu Santo». Los soldados la tomaron para llevársela, la ataron con cuerdas en las manos y en los pies, pero por más que se esforzaban no podían mover su cuerpo, la muchacha permanecía rígida e inamovible como una gran roca. Al enterarse de lo sucedido el procónsul ordenó someterla a suplicio con aceite y pez hirviendo, no logrando hacerla desistir de su fe cristiana.

Antes de morir profetizó su canonización y su patronazgo como protectora de Siracusa, junto con la caída del emperador Diocleciano y de Maximiano.

Abrimos aquí un inciso, pues aquí nuestra Lucía entronca con el periodo más cruento de la batida contra cristianos en el Imperio Romano. En el año 302 comienza la llamada “Gran persecución de Diocleciano”, que duró 3 años, hasta su abdicación. Este martirio que hemos narrado de la joven Lucía de Siracusa tuvo lugar en el año 304. En el 305 Diocleciano enferma y es forzado a abdicar. Una camarilla de ambiciosos toma a continuación el poder del Imperio Romano. Las hordas bárbaras invaden el otrora poderoso Imperio y llegan hasta su misma capital. El sistema colapsa. Diocleciano es apartado a vivir al otro margen de la costa adriática y debe mantenerse escondido en la vida práctica. Está absolutamente solo. El que había sido su mano derecha, Maximiano, que operaba de facto como coemperador con Diocleciano, en el 305 se ve obligado a desparecer asimismo de la vida pública.

Maximiano vive del mismo modo repudiado y escondido. Se da a la vida desordenada y opulenta, con grave deterioro moral. En el 310 emerge de nuevo Maximiano a la vida pública, soborna a políticos del Imperio para que lo hagan emperador y llega a tomar la púrpura imperial. Es condenado a muerte por el emperador en curso, Constantino, y antes de ejecutarse la sentencia Maximiano se ahorca. Constantino instituiría un damnatio memoriae sobre Maximiano por el que ordenó la destrucción de cualquier elemento público que le hiciera alusión.

Diocleciano, en su villa-cárcel de la costa adriática, iba enloqueciendo, se tenía por Júpiter, había perdido toda ética y sus escándalos apartaban a las personas del lugar. De quien había sido su mano derecha, Maximiano, ya no quería ni oír hablar y destruyó todo recuerdo de él así como de las que habían sido sus personas de confianza, a quienes se jactaba de odiar. La enfermedad física —no solo la moral— consumía su cuerpo… Necesitaríamos teclas de titanio en el ordenador para enumerar una a una las caídas en los infiernos de Diocleciano al final de su existencia, y aun así no terminaríamos jamás… Y sobre todo no queremos, querido lector, detenernos exhaustivamente en eso, pues nos gustaría no perder el hilo de lo que de verdad aquí nos mueve y conmueve, la vida de nuestra valorada Lucía —¡reverenciadas sean todas las almas nobles como la suya!—. Ahora, ahora continuamos con ella, y corremos ya un tupido velo sobre Diocleciano señalando como final que también murió por propia mano en el 311.

Pues bien, terminado este inciso volvemos ya con nuestra flor Lucía… El relato griego (que data del siglo V) y el relato latino (datado del siglo VI al VII) son idénticos en lo fundamental, aunque difieren en algunos detalles finales: según el martiryon griego Lucía fue decapitada, en tanto que según la passio latina fue martirizada por uno o varios golpes de espada.

Se le dio sepultura en Siracusa, en el mismo lugar donde en el año 313 se construyó un santuario dedicado a ella, que fue lugar de destino de las peregrinaciones en su honor; según la tradición su historia se divulgó por toda Sicilia y de ahí a la Cristiandad entera.

Desde la Edad Media se suma un elemento más, se la comienza a representar además con dos ojos en un plato. Esto deriva de la narración de que durante su martirio se le extrajeron los ojos, dándole Dios visión aun sin ellos.

Lucía es un nombre latino que significa “la que trae la luz”, y esta etimología se utilizó para ayudar a instaurar el Cristianismo en las poblaciones norteñas europeas, que tenían la llegada de la Luz como eje principal de su calendario anual. De este modo la Iglesia de Roma utilizó el nombre de Lucía para llevar la fe Cristiana a esas comunidades, asimilándola a las festividades con las que se celebraba el solsticio de invierno.

Y señalamos aquí un recordatorio sobre astronomía: el solsticiosol sistere: ‘sol que permanece quieto’ en latín— de invierno corresponde al día 21 de diciembre, fecha en que la noche ya deja de crecer con respecto al día. Y es el 25 de diciembre la fecha en que el sol comienza a ganar terreno a la noche. De este modo tenemos unos 4 días de “quietud” astrológica.

El 25 de diciembre se celebra desde tiempos inmemoriales el nacimiento del Sol, que con la llegada del Cristianismo primigenio se festejó como el nacimiento del Cristo-Sol.

En las regiones europeas más al norte donde en pleno diciembre están en la noche perpetua, se festejaba mucho todo este periodo donde se disipa la “noche eterna otoñal”. En estas regiones septentrionales se celebraba mucho y con gran brío la llegada del Sol y por tanto con la instauración del Cristianismo se estableció la celebración del nacimiento de Cristo como el nacimiento del Cristo-Sol, y como esta celebración era tan importante, la más importante del año, se hizo de forma paralela valiosa también la celebración de su heraldo, su mensajero: el solsticio de invierno, 4 días antes, comenzó a festejarse como “la que trae la luz”, Santa Lucía. ¡Santa Lucía como Cristianización del solsticio de invierno!

¡Lucía, la mensajera de la Luz, el heraldo del Sol por llegar!

En 1582 el papa Gregorio XIII decretó el fin del calendario juliano y su sustitución por un nuevo calendario —que pasaría a llamarse gregoriano—, de modo que “cambiaron” las formas a la hora de medir el año y a la festividad de santa Lucía se le encontró un nuevo acomodo en el almanaque: pasaría desde entonces a celebrarse el 13 de diciembre.

Esta fecha, como vemos, no está ligada a la fecha de defunción de la santa, ni de su nacimiento, ni ningún hecho de relieve en su vida (como es habitual en la festividad de muchos santos), quedando patente con ello el modus operandi de la primera Iglesia de Roma: utilizar las antiguas festividades devocionales de un pueblo para instaurar a través de ellas la nueva doctrina relacionándolas con un nuevo —y eterno— principio cristiano. Como acabamos de ver, así ocurrió con el nacimiento de Jesús de Nazaret —el Cristo Sol— y así ocurrió con la celebración de santa Lucía.

Y de este modo, siglo tras siglo de Cristianismo en Europa, santa Lucía y su festividad se convirtieron en referente en la Europa del norte  —de Islandia a Rusia, de las islas Británicas a Eslovaquia—, siendo el nombre de Lucía en todos los idiomas norteuropeos uno de los más comunes con los que bautizar a las niñas.

Y aquí paramos y hacemos un inciso en la región escandinava, donde la festividad de santa Lucía cobra la importancia de fiesta nacional: como venimos diciendo, la celebración de santa Lucía fue sustituyendo la celebración ancestral en Escandinavia de la llegada de la Luz, y desde el arribo del nuevo culto Cristiano se fue reemplazando la fiesta primitiva por la de esta nueva santa, siendo el germen de esta celebración el mismo, la Luz que está por llegar.

Celebración de santa Lucía en Suecia, Finlandia y Dinamarca.

Los datos más antiguos de que disponemos son de la Edad Media. Las familias se reunían en la iglesia para celebrar la llegada de la Luz. Esta luz venía en forma de procesión: una joven del pueblo vestida de blanco —simbolizando la pureza de santa Lucía— con un cinto rojo, que es uno de los símbolos del martirio, aparecía con una guirnalda de siete velas en su cabeza. Tras ella un séquito de damas de pureza —las antiguas vestales— portando una luz en su mano, y tras ellas, cerrando el cortejo, los jóvenes-estrella (stjärngossar). Estos jóvenes-estrella iban vestidos de clérigos-magos de los antiguos tiempos escandinavos: con túnica blanca y un gorro cónico con pentalfas. Son muchos los elementos que todo estudiante de la Gnosis puede apreciar en estas indumentarias y en el cortejo.

La comunidad en la iglesia permanece con las luces apagadas, dirigiéndose al Padre Interno. De repente llega la comitiva a la iglesia: santa Lucía abre la puerta de la iglesia y se hace la luz dentro, sus siete luces lo alumbran todo. Tras ella, el séquito entra en la iglesia al bello canto de Santa Lucía, hoy canción nacional en los países escandinavos. En la zona cercana al altar de la iglesia se sitúa la comitiva y todo lo llenan de luz con las velas que portan, mientras continúan los cantos a santa Lucía y a la Luz que está por llegar. Se oficia una Misa y a continuación la comunidad espiritual comparte un ágape, que tiene su principal vianda en los bollos de santa Lucía (Lussebulle), que son una masa con forma de ocho que simbolizan los dos ojos de la santa. Estos bollos se toman con el vino caliente especiado que se bebe por Navidad en las tierras del norte de Europa. Este vino es conocido por sus propiedades medicinales y tiene una preparación especial con importantes elementos ancestrales —el equivalente en España podemos encontrarlo en la preparación del vino de san Juan—.

Cuanto más atrás en el tiempo más elementos esotéricos encontramos en esta conmemoración. Muchos de ellos se han ido perdiendo, desgraciadamente, y no han llegado a nosotros; pero otros perviven, y a estos nos aferramos para seguir indagando en la Gnosis de todos los tiempos. Y con esta celebración ya queda abierta la puerta a la Navidad, la venida del Salvador del Mundo, que será la gran gala que acontecerá días después y llenará, un año más, los corazones del septentrión de esperanza en lo Eterno.

                                              Refrán de santa Lucía.

“Por santa Lucía mengua la noche y crece el día; ni creció ni menguó hasta que el Niño Dios nació”.