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Círculo de Investigación de la Antropología Gnóstica

 

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Investigación de la

Antropología

Gnóstica

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PABLO DE TARSO

 

Un momento crucial para el desarrollo y proliferación del cristianismo antiguo fue la conversión de Saulo a la doctrina que enseño el Mesías Cristificado Jesús.

 

Este acontecimiento desmoronó los esquemas de una comunidad judía que habían hecho de su religión una doctrina basada en un racionalismo extremo y clasista y un ejemplo que apoyó el crecimiento y proliferación de una comunidad cristiana de gentiles entre los judíos y que culminó en la inicial conversión del ámbito pagano de la época.

 

Pablo nació en la ciudad griega de Tarso, próspero y famoso centro de educación y filosofía de la región de Cilicia, en el sur de Asia menor, es por ese motivo que su familia había recibido la influencia de las culturas helenista y judía.

 

Sus padres le dieron el nombre hebreo de Saulo en recuerdo del rey Saúl, que como ellos, había sido benjamita (descendiente de la tribu de Benjamín); también fue conocido por el nombre latino de Paulo y estaba orgulloso de ser ciudadano de Tarso y Roma. Pocas familias judías de la diáspora (extensión de los judíos por el mediterráneo) tenían tales privilegios civiles, que a menudo obligaban a adoptar la cultura pagana y a educar a los hijos dentro de las escuelas helenistas. Parece ser que el padre de Pablo era pudiente y pudo obtener la ciudadanía sin renunciar a sus funciones como fariseo, e incluso debió de ser un ferviente promotor de su religión.

 

Es posible que, cuando Pablo aún era joven, su familia hubiera ido a vivir a Jerusalén, donde fue educado y donde una hermana suya, casada y con un hijo, vivió durante muchos años. Las raíces frisáicas de Pablo lo llevaron a estudiar con uno de los principales preceptores de su tiempo, Gamaliel, que según la tradición era nieto de Hilel, un renombrado rabino del siglo 1 a.C. Pablo declaró alguna vez: « ... y hacía carrera en el judaísmo mas que muchos compatriotas de mí generación, por ser mucho más fanático de mis tradiciones ancestrales”. (Gal 1:14); al mismo tiempo, Pablo aprendió a fabricar tiendas para sufragar los gastos de su educación.

 

En la ciudad de Jerusalén había muchas sinagogas donde los judíos procedentes de las regiones de habla griega se reunían a estudiar y darse apoyo. El libro de los hechos menciona sinagogas para los judíos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia (la región que rodeaba Éfeso). Como Pablo era de Tarso, frecuentaba la sinagoga de los Cilicianos, y allí comenzó a polemizar con cristianos como Esteban, uno de los jefes de la iglesia helenista de Jerusalén. Para Pablo, los cristianos parecían decididos a socavar la ley y el culto al Templo, todo en nombre de Jesús, y aunque al parecer ya vivía en Jerusalén en el periodo final de la vida del Nazareno, en ningún pasaje de sus escritos revela haber lo visto o escuchado en persona. Los debates que Pablo sostuvo, con los cristianos lo llevaron a darse cuenta del rápido crecimiento que había tenido la Iglesia Cristiana.

 

Pablo (aún llamado Saulo) es citado en el Nuevo Testamento por primera vez como testigo satisfecho de la ejecución de Esteban, primer mártir cristiano. Esteban había sido llevado ante el Sanedrín acusado, «de decir cosas contra la Ley» y asegurar que Jesús destruiría la ciudad y cambiaría «las costumbres que nos transmitió Moisés» (Hech 6:13-14).

 

Para Pablo, esas palabras eran una amenaza: todo lo que él consideraba sagrado, la ley, el Templo, las tradiciones del pueblo, parecía peligrar si se dejaba sobrevivir a una secta corno la de Esteban, ya que, los cristianos estaban proclamando como Mesías a un hombre que había sido crucificado, y las escrituras enseñaban que «el colgado es una maldición de Dios» (Deut. 21:23).

 

La ley rota, el Templo destruido, un Mesías maldito... por esas herejías, Pablo combatió sin piedad a la nueva secta: «...con qué saña perseguía yo a la iglesia de Dios tratando de destruirla... », había de confesar más tarde.

 

Las primeras víctimas de los ataques de Pablo fueron los cristianos de Jerusalén, que eran judíos de la diáspora como Esteban y él mismo.

 

Muchos, entre ellos el evangelista Felipe, huyeron a Samaria, Damasco, Fenicia, Chipre y Antioquia de Siria. Pablo se valió de su influencia con el sumo sacerdote de Jerusalén para perseguir cristianos fuera de Judea, y obtuvo de él cartas para las sinagogas de Damasco. Aunque el sumo sacerdote no tenía jurisdicción fuera de Judea, es posible que sus misivas hayan permitido a Pablo conseguir su propósito.

Hacia el año 35 d.C., unos cinco años después de la crucifixión de Jesús, Pablo, que quizás tenía unos 30 años de edad, emprendió el viaje a Damasco llevando consigo las cartas del sumo sacerdote, y Dios eligió ese momento para transformar su vida. Pablo describió más tarde los hechos en forma sucinta: «Y cuando aquel que me escogió desde el seno de mí madre y me llamó por su gracia se dignó revelarme a su Hijo para que yo lo anunciara a los paganos...» (Gal. 1: 1 5). En el libro de los hechos se narra tres veces el hecho con lujo de detalles.

 

Pablo estaba ya cerca de Damasco cuando de repente lo envolvió un resplandor del cielo y escuchó una voz que lo llamaba por su nombre hebreo: «Saúl, Saúl, ¿porqué me persigues?». Desconcertado por la acusación. Pablo únicamente alcanzó a decir: «¿Quién eres, Señor?». Las palabras que escucharon a continuación derribaron su mundo y transformaron su futuro: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hech. 9:4-5).

 

El resplandor del cielo cegó a Pablo, pero con ayuda de sus compañeros logró llegar a Damasco, donde pasó tres días sin poder ver y sin comer ni beber nada. Al cuarto día se le acercó un hombre llamado Ananás, un devoto judío que también era partidario de la nueva fe, y por medio de él Pablo recuperó la visión; luego fue bautizado e infundido del poder del Espíritu Santo.

 

Con el mismo fervor con que antes había defendido la Ley, Pablo comenzó a proclamar su fe en Jesús. Los judíos y cristianos de Damasco se sorprendieron al ver cómo Pablo participaba en los debates adoptando una postura desconocida en él. Cuando las cosas se complicaron. Pablo no regresó a Jerusalén sino que marchó al sur hasta Arabia, que entonces pertenecía al reino de Nabatea, y allí permaneció dos o tres años predicando. De regreso nuevamente a Damasco, Pablo provocó tal alboroto en su contra que el etnarca del rey Aretas mandó poner guardias en toda la ciudad para impedir que huyera; sin embargo, con la ayuda de sus amigos cristianos «metido en un costal me descolgaron por una ventana de la muralla y así escapé de sus manos (gobernador del rey Aretas)» 11 Cor. 11:33).

 

Hacia el año 38 d.C., Pablo regresó por fin a Jerusalén, donde todavía vivían muchos de los cristianos que habían sufrido su persecución. Para entonces no quedaban más que dos líderes de la Iglesia, Pedro y Santiago. Bernabé, un levita de Chipre que era miembro original de la Iglesia de Jerusalén, respondió por Pablo y fue de gran ayuda para disipar en su mayor parte las sospechas que recaían sobre aquél. No obstante, la presencia de Pablo en esa ciudad provocó tantos conflictos que muy pronto se vio obligado a marchar a Tarso, y pasó los siguientes años trabajando en Cilicia y Siria.

 

Poco se sabe de la misión de Pablo en los primeros 10 a 12 años posteriores a su conversión. Debió ser un periodo de profunda reflexión y mucha actividad. ¿Cómo entender que el mensaje a los paganos no iba dirigido a ellos cómo prosélitos del judaísmo sino precisamente como paganos?... Durante esos años, su prédica y su reflexión cristalizaron en el poderoso mensaje revelado en las cartas que escribió posteriormente.

 

El problema que implicaba evangelizar a los paganos se convirtió en el mayor dilema religioso para las primeras comunidades cristianas. Fue en Antioquia de Siria donde se difundió por primera vez la nueva doctrina entre los paganos, que en ese entonces eran aceptados por la comunidad sin tener las obligaciones de circundarse y observar las leyes alimentarías y de pureza del judaísmo. Bernabé llegó de Jerusalén y aprobó con alegría la inclusión de paganos en la iglesia, pero como necesitaba ayuda para predicar, viajó a Tarso en busca de Pablo y lo llevó a Antioquia, donde ambos pasaron un año evangelizando. Los antioquenos empezaron a llamar «cristianos», a los discípulos para distinguirlos de otros grupos judíos. Aunque la multiplicidad étnica de la Iglesia de Antioquia la hacía muy diferente de la comunidad de Jerusalén, los cristianos antioquenos tuvieron buen cuidado de mantener contacto con dicha comunidad enviando ayuda en tiempos de hambre. En una ocasión, quizás hacia el 46 d.C., Bernabé y Pablo llevaron los donativos a la Ciudad Santa y regresaron con Juan Marcos, primo de Bernabé.

 

Poco después de volver a Antioquia, Pablo y Bernabé recibieron de Dios nuevos mandatos relativos a su misión. Llevando a Juan Marcos como asistente, los dos se embarcaron rumbo a Chipre, dando inicio a lo que la tradición cristiana denomina primer viaje apostólico.

 

Los misioneros comenzaron su labor predicando en las sinagogas de Salamina, en la costa oriental de la isla Chipriota, y luego viajaron hacia el oeste hasta el puerto de Pafos. Allí encontraron a un judío llamado Barjesús, quien, al igual que otros muchos predicadores diseminados por todo el imperio Romano, aseguraba ser profeta y mago, y se había convertido en consejero espiritual del procónsul Sergio Paulo. Como Barjesús trató de evitar que el procónsul escuchara el mensaje cristiano, Pablo clamó a Dios para que lo cegara, y «entonces el procónsul, al ver lo sucedido, creyó, impresionado por aquella lección del Señor» (Hech. 13:12).

 

Este incidente marca el punto en que Pablo asumió el liderazgo de la misión evangélica y comenzó a ser llamado por su nombre latino.

 

Los misioneros recorrieron después Asia Menor y se adentraron en la región de Pisidia hasta la ciudad de Antioquia, en cuya sinagoga predicó Pablo. «Y nosotros os damos la buena noticia, que la promesa hecha a los padres, Dios nos la ha cumplido a nosotros los hijos resucitando a Jesús...» (Hech. 13:32-33).

 

Muchos respondieron con entusiasmo, pero otros se enfurecieron; el mensaje dividió a la comunidad judía, si bien quedó formada una nueva comunidad de cristianos paganos. Unas semanas más tarde, la oposición a Pablo y Bernabé había crecido tanto que tuvieron que irse a otras ciudades: Iconio, Listra y Derbe, todas en la región de Licaonia.

 

En cada una de esas ciudades, los misioneros encontraron tanto aceptación como rechazo. Los habitantes de Listra pensaron al principio que Pablo y Bernabé eran dioses, pues habían curado a un paralítico, pero luego se opusieron a éstos al llegar a la ciudad unos judíos que se ganaron al pueblo y apedrearon al apóstol hasta creerlo muerto; es posible que las lesiones que sufrió hayan minado su salud en forma permanente, pues a partir de entonces se quejó a menudo de sus dolencias. No obstante en aquellas ciudades también surgieron nuevas comunidades de creyentes judíos y paganos. Pablo y Bernabé visitaron nuevamente las mismas ciudades, «afianzando el ánimo de los discípulos y exhortándoles a perseverar en la fe...» (Hech. 14:22).

 

En algún punto del recorrido se les unió Tito, un joven griego que habría de convertirse en uno de los principales colaboradores de Pablo; juntos regresaron a Antioquia de Siria y allí contaron a la comunidad cómo Dios «había abierto a los paganos la puerta de la fe» (Hech. 14:27).

 

Pero las tensiones entre judíos y gentiles dentro de la Iglesia eran ya incontenibles. Los presbíteros de Judea llegaron a Antioquia con una advertencia para los paganos: «no os circundáis conforme a la tradición de Moisés, no podéis salvaros.» (Hech. 15:1).

 

Al igual que Pablo, estos cristianos conversos habían sido fariseos antes de creer en Jesús y apoyaban su interpretación del Evangelio. Hacia el 49 d.C., Pablo, Bernabé y Tito (al que no permitieron que se circundara) viajaron a Jerusalén a dirimir el asunto con los dirigentes de la nueva doctrina. Para Pablo y otros como él, estaba en juego la esencia misma del mensaje cristiano, o lo que él llamaba «la verdad de la nueva noticia» (GaL 2:5): si la noticia que él iba predicando sólo la debían conocer los judíos y los paganos convertidos al judaísmo, entonces Pablo había malinterpretado el Evangelio, o según él mismo expresó, «mis afanes de ahora o entonces resulten inútiles» (Gal. 2:2).

 

El desenlace de este encuentro fue positivo para Pablo. En el mismo libro de los Hechos se describe una asamblea general de apóstoles y presbíteros con discursos de Pedro y Santiago, y un informe de Bernabé y Pablo acerca de su misión. Como resultado del evento, se promulgó un decreto en el que se eximía a los paganos cristianos de la obligación de circundarse, pero les instaba a no fornicar y a no comer carne de animales sacrificados a los dioses paganos. Pablo habla también del concilio en su carta a los Gálatas.

 

Bernabé y él se reunieron con Pedro, Santiago y Juan, el hijo de Zebedeo, y todos aceptaron que así como Pedro había sido elegido por Dios para evangelizar a los judíos. Pablo lo había sido para adoctrinar a los paganos.

 

La participación de Pablo y Bernabé en el concilio de Jerusalén no puso fin a la controversia pero equilibró la situación. Los asuntos relativos a las leyes alimentarias y a los vínculos entre judíos y paganos siguieron siendo motivo de debate, y al cabo de un tiempo surgieron conflictos entre Pedro y Pablo e incluso entre este y Bernabé. Pero Pablo nunca dudó de su misión entre los gentiles y defendió con fervor su decisión de no apegarse en forma estricta a los preceptos de la Ley mosaica.

 

Las discrepancias entre Pablo y Bernabé los obligaron a seguir por rutas distintas. Bernabé tomó por compañero a Juan Marcos y ambos se embarcaron a Predicar rumbo a Chipre; Pablo hizo lo propio con Silas y partió a Asia Menor, iniciando así su segundo viaje misional. En Listra se les unió Timoteo, un joven creyente que, al igual que Tito, se convirtió en un fiel colaborador de Pablo. Los tres viajaron a las ciudades interiores de Galacia, y luego a Frigia, formando en cada lugar pequeñas comunidades de discípulos. Pablo se quedó un tiempo en Galacia debido a una enfermedad donde fue cuidado y atendido por los nuevos creyentes como «a un mensajero de Dios, como al Mesías Jesús en persona». (Gal. 4:14), actitud por parte de la nueva comunidad que Pablo agradeció y valoró quedando manifestada en la carta que les escribió más tarde.

 

Pablo y Silas marcharon luego a Tróade y de allí se embarcaron a Macedonia, llevando por primera vez el mensaje cristiano a Europa. En cada ciudad se enfrentaron a nuevos retos y peligros. En Filipos convirtieron a Lidia, una mujer pagana devota del judaísmo cuya casa se convirtió en lugar de reunión de los cristianos. La comunidad fílipense estableció una relación muy cordial con Pablo, pero un día que Silas y él curaron de posesión a una joven esclava que lucraba a sus amos y a otra gente de la ciudad con sus dotes adivinatorias, fueron llevados al foro de los magistrados, quienes ordenaron azotarlos con varas y encerrarlos con cepos en la prisión. Los misioneros se pusieron a entonar cánticos a Dios mientras los demás presos los escuchaban; «de repente se produjo un temblor de tierra tan violento que sacudió los cimientos de la prisión; se abrieron de golpe todas las puertas y a todos se les soltaron las cadenas». (Hech. 16:26), este hecho impresionó tanto al carcelero que quiso ser convertido y tras su conversión salieron de la ciudad.

 

Los misioneros continuaron su viaje y pasaron por Anfípolis y Apolonia hasta llegar a Tesalónica, la capital romana de Macedonia. Como era de costumbre Pablo comenzó a predicar en la sinagoga, donde explicó su misión y proclamó: «ese Mesías es Jesús, el que yo os anuncio» (Hech. 17:3). Al escuchar estas palabras, la comunidad judía se dividió: muchos griegos religiosos y mujeres de reconocido prestigio social en la ciudad se convencieron de lo que Pablo decía, y junto con un grupo de paganos, «abandonando los ídolos os convertisteis a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero...» (1 Tes. 1:9); así se formó la nueva comunidad cristiana en Tesalónica.

 

El revuelo y la división que se creó dentro de la comunidad judía generó el deseo por parte de los fariseos de arrestar al apóstol y condenarlo, y como no lo consiguieron llevaron a Jasón, un judío devoto que hospedó a Pablo, ante los magistrados acusándole de agitador. Pablo y Silas tuvieron que andar de ciudad en ciudad escondiéndose de sus opositores y al amparo de los creyentes agradecidos que querían protegerlos.

 

Tras salir de Macedonia, Pablo predicó por un tiempo en Atenas, donde pronunció un memorable discurso a los filósofos griegos ante el tribunal conocido como Areópago; pero su mensaje obtuvo escasa respuesta positiva, así que pronto marchó a Corinto, la capital romana de la región de Acaya.

Pablo empezó a percatarse de lo vulnerables que eran las pequeñas comunidades de creyentes que él había fundado. La comunidad de Tesalónica estaba enfrentando una feroz oposición, y Pablo temía que los miembros se disgregaran. Muy preocupado Pablo envió a Timoteo de regreso a Tesalónica para averiguar qué estaba sucediendo, y cuando su colaborador volvió con buenas noticias, inició una nueva misión que debió de ser determinante en la historia de la cristiandad: comenzó a escribir cartas.

 

Corinto resultó ser un lugar tanto de conflicto como de labor provechosa para Pablo; su mensaje logró convencer a Crispo, jefe de la sinagoga local, y a Tito Justo, un pagano devoto que permitió a Pablo predicar en su casa. Muchos otros paganos se convirtieron al cristianismo: el apóstol no solo recibió ayuda de Silas y Timoteo sino también de Aquila y Priscila, judíos cristianos que habían sido obligados a salir de Roma y que, como Pablo, eran fabricantes de tiendas. Los judíos de Corinto acusaron a Pablo ante el procónsul romano Galión, pero éste se negó rotundamente a intervenir alegando que el asunto era de «cuestiones de doctrina, de títulos y de esa Ley vuestra» (Hech. 18:15).

 

La comunidad de creyentes que Pablo fundó en Corinto estaba integrada por toda clase de judíos y paganos, y aunque, la mayoría era de clase humilde, también contaba con algunos que poseían fortunas. Pablo permaneció con ellos un año y medio, más que en cualquier otro lugar desde el inicio del viaje.

 

De Corinto, Pablo se dirigió a Efeso acompañado por Priscila y Aquila, y luego marchó solo a Cesárea y de allí, a Antioquia. «Pasado algún tiempo, salió de allí y fue recorriendo por etapas la región de Gatada y Frigia, afianzando a todos los discípulos». (Hech. 18:23). Luego regresó a Éfeso donde se reunió con Priscila y Aquila.

 

En las comunidades cristianas de Galacia, formadas principalmente por paganos, otros misioneros habían logrado convencer a algunos de esos creyentes de que se circundaran y observaran la ley mosaica. Pablo escribió una carta urgente dirigida a todas las comunidades de la región con una advertencia al respecto: «Pues mirad, incluso si nosotros mismos, o un ángel bajado del cielo os anunciara una buena noticia distinta de la que os hemos anunciado, ¡fuera con él!. Lo que os tenía dicho os lo repito ahora: si alguien os anuncia una buena noticia distinta de la que recibisteis, ¡fuera con él!. Qué, ¿trato ahora de congraciarme con los hombres o con Dios?, o ¿busco yo contentar a hombres?. Si todavía tratara de contentar a hombres, no podría estar al servicio de Cristo.» (Gal. 1:8-10); «Para que seamos libres nos liberó el Mesías; con que manteneos firmes y no os dejáis atar de nuevo al yugo de la esclavitud.» (Gal. 5:1).

 

De vuelta a Éfeso, capital romana de la provincia de Asia, Pablo inició un periodo de trabajo de más de dos años de duración, y desde allí envió a sus colaboradores a las regiones vecinas a evangelizar. El apóstol predicaba diariamente a los Efesios en un lugar llamado «la escuela de Tirano» (Hech. 1 9:9) lo que causó un florecimiento de aquella comunidad.

 

Pero las cosas no marchaban bien en otras partes: Pablo recibió informes de crecientes conflictos en la iglesia de Corinto con una carta en la que se le preguntaba acerca de los dones espirituales, la resurrección de los muertos y la ingesta de alimentos impuros. Los corintos aún defendían su fe, pero su complacencia en ciertas experiencias espirituales estaba dividiendo a la congregación; además se había originado una competencia por hablar en lenguas, se estaban formando sectas en el seno de la comunidad.

 

Pablo escribió a los corintios exhortándoles a concentrar su fe no en los logros espirituales sino en el amor revelado por el Cristo y que el don espiritual supremo, que perdura incluso en la muerte, es la caridad. El apóstol señaló que había que anteponer el amor y el bien de la comunidad a los anhelos personales, ya que sin dicha virtud, no se puede avanzar en este camino; «Ya puedo hablarlas lenguas de los hombres y de los ángeles que, si no tengo amor, no paso de ser una campana ruidosa o unos platillos estridentes». (1 Cor. 13:1)

 

Como siempre, el impacto de la labor evangelizadora de Pablo en Éfeso provocó por una parte aceptación, pero por otra, rechazo. Es probable que estando allí en prisión. Pablo escribiera a la comunidad de Filipos para asentarlos y agradecer a sus miembros haber enviado a uno de los suyos, Hepafrodito, a ayudarlo en su misión.

 

Pero la preocupación de Pablo por todas las comunidades nunca se disipó del todo. Tuvo que lidiar en Corinto y Filipos con misioneros rivales que criticaban con dureza su labor y hacían lo posible por alejar de él a los creyentes. «Pues bajo ningún concepto me tengo yo en menos que esos súper apóstoles» (2 Cor. 11:5) dijo Pablo en tono sarcástico refiriéndose a ellos. Durante algún tiempo la comunidad de Corinto renunciaría a su lealtad a Pablo y abandonaría sus enseñanzas, pero el apóstol logró restablecer su estrecha relación con los corintios por la mediación de su emisario Tito.

 

La situación en Éfeso se volvió turbulenta: los devotos de Artemisa, diosa de esa ciudad, consideraron que la labor de Pablo era amenazadora para su religión y subsistencia, de manera que, encabezados por un platero llamado Demetrio, se pronunciaron en contra suya. El apóstol decidió entonces abandonar la ciudad: de Éfeso marchó a Macedonia bordeando la costa del mar Egeo y de allí regresó a Corinto.

Luego de muchas dificultades y persecuciones. Pablo consideró que las comunidades que él había fundado tenían ya la suficiente madurez y estabilidad para continuar por sí mismas. Cuando llegó a Corinto en una visita de tres meses, empezó a considerar la posibilidad de viajar a España, donde no se había difundido aún el mensaje del Cristo.

 

En el invierno de 55-56 d. C., Pablo escribió desde Corinto una carta a la comunidad romana, que contaba por aquel entonces con un número de creyentes de 40.000 en la que solicitaba hospitalidad y ayuda para emprender el viaje a la península ibérica; el apóstol aprovechó la ocasión para transmitir a los cristianos de la capital imperial una síntesis de los fundamentos del Evangelio que predicaba.

Antes de viajar a España, Pablo decidió visitar nuevamente Jerusalén a fin de entregar a los pobres los obsequios donados por las comunidades que había fundado y así cumplir la promesa hecha a Pedro, Santiago y Juan. El apóstol se despidió asegurando que no lo volverían a ver más; «Y ahora, mirad, yo sé que ninguno de vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino, volverá a verme». (Hech. 20:25). De Mileto marchó a toda prisa a Jerusalén, donde fue recibido por Santiago y los presbíteros. Una vez en el Templo, unos judíos efesios lo acusaron de profanación por ir acompañado de paganos armando así un alboroto. El tribunal Claudio Lisias envió unos soldados romanos del cuartel que vigilaba el Templo para que intervinieran, y Pablo, salvándose así de morir, fue arrestado.

 

La antipatía contra este fariseo que se había vuelto cristiano era tan grande que Lisias tuvo que enviarlo a Cesárea, sede de¡ gobierno, para protegerlo.

 

El procurador Félix simpatizaba con la causa cristiana, por lo que eximió a Pablo de todas las imputaciones, pero a pesar de eso lo mantuvo en custodia durante dos años.

 

En el 59 d. C., Félix fue sustituido por un nuevo procurador, Festo, quien propuso enviar a Pablo de regreso a Jerusalén, pero el apóstol se negó a ir y solicitó una audiencia ante el emperador, haciendo valer un derecho que tenía en calidad de ciudadano romano. Un día en que Herodes Agripa II y su hermana Berenice visitaron Cesárea, Pablo fue llevado a contar su historia y revelar su fe ante ellos; Agripa quedó asombrado por la audacia del Apóstol, y al convencerse de que no merecía estar encarcelado, atendieron su apelación y lo enviaron a Roma.

 

Pablo fue subido a bordo de un barco con varios compañeros y puesto bajo la custodia de un amable centurión llamado Julio, que llevaba a otros presos a Roma. El viaje comenzó al final del año, y cuando zarparon de Creta se desató una fuerte tormenta que mantuvo la nave a la deriva durante dos semanas hasta que naufragó frente a la costa de malta; todos los que iban a bordo se salvaron.

 

En la primavera de 60 d. C., Pablo y sus compañeros fueron trasladados a Roma y recibidos por los dirigentes de aquella comunidad; el apóstol también se reunió con los jerarcas de la comunidad judía, y aunque recibió de ellos una respuesta positiva, en Roma ya estaba trazada la línea de separación entre ellos y los cristianos. El Libro de los hechos termina narrando que Pablo vivió dos años en Roma bajo arresto domiciliario pero predicando y enseñando con libertad a quienes acudían a verlo; sus colaboradores, Juan Marcos y Lucas «el querido médico» (Col. 4:14), lo ayudaron a proseguir su labor bajo arresto. Fue en este periodo cuando Pablo escribió cartas a las comunidades de Colosas y Éfeso, así como una breve epístola a un cristiano colocense llamado Filemón en defensa de su esclavo Onésimo, que se había convertido en colaborador del apóstol y que, junto con Tíquico, llevaba sus misivas a los destinatarios.

 

Sin el libro de los Hechos resultaría difícil reconstruir el curso de los últimos años de Pablo. Muchos teólogos creen que las cartas pastorales (Tito y 1 y 2 Timoteo) no fueron escritas por él sino por uno de sus seguidores, pues su estilo difiere mucho del de las cartas Paulinas. En tal caso, sería posible que Pablo hubiera sido ejecutado en el 62 d. C., o después (según Eusebio Pablo, fue ejecutado durante la persecución de Nerón a los cristianos en el año 67 d. C.) tras el incendio de Roma en el 64 d. C. Pero en el caso de que las cartas pastorales sí fueran escritas por el apóstol, revelarían entonces que fue liberado en Roma y que de allí viajó a Creta, Éfeso, Mileto, Tróade, Macedonia, Corinto y Nicópolis; más tarde hubiera sido detenido y llevado de nuevo a Roma para ser enjuiciado, esta vez solo, pero se defendería con tino recobrando la libertad.

 

Sin embargo, pronto sería nuevamente apresado y acusado del delito de encabezar el movimiento cristiano. Cuando escribiera la carta segunda a Timoteo, Pablo esperaría el juicio con pesimismo, pues sus colaboradores se habían dispersado y sólo Lucas seguía con él. «Pues por lo que a mi me toca, estoy para derramar mi sangre y no me falta mucho para soltar las amarras. He competido en noble lucha, he corrido hasta la meta, me he mantenido fiel.» (2 Tim. 4:6-7).

 

Según la tradición. Pablo fue decapitado en Roma antes de cumplir los 60 años de edad, ignorándose las circunstancias exactas de su muerte. Aunque toda su vida fue un personaje muy controvertido, los cristianos de la generación posterior a su muerte lo reconocieron como un auténtico paladín de la fe. La excepcional interpretación paulina del evangelio, que considera la caridad como valor fundamental de la vida cristiana, ha guiado y servido de ejemplo a grandes personajes del Conocimiento.

 

 

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