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Círculo de Investigación de la Antropología Gnóstica

 

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RELATOS SOBRE LOS MISTERIOS DEL REY DEL MUNDO (MELCHISEDECH)

 

Existen en la tierra ciertas escuelas que emplean el aspecto oscuro de la magia amentiana. La única, más cerca de Europa, se encuentra en las regiones balcánicas, y es un factor perturbador en la atmósfera del mundo. Existe otra escuela, pero de carácter constructivo, muy al Norte del desierto de Mongolia. Es una escuela amentiana de magia blanca, que emplea la energía determinativa de la Naturaleza; está en Asia, donde reside un gran Ser, llamado Rey del Norte, aunque el título verdadero debiera ser Rey de las Latitudes Norteñas. Ossendowski, el viajero, ha escrito acerca de este Ser, al que ha llamado Rey del Mundo, en su obra: Bestias, Hombres y Dioses.

 

La entrada a este lugar secreto está guardada por un gran elemental, cuya presión mental y mirada son suficientes para aterrorizar a una mente no entrenada. Amenti era la esfera neptuniana sumergida, en donde los egipcios y griegos tenían que realizar acciones heroicas. Los griegos llamaban a esa región Hades; pero no era como algunos creen un infierno mitológico, sino una esfera en la cual se adquirían ciertas clases definidas de experiencia.

 

¡Deteneos! -Murmuró mi guía mongol un día que atravesábamos el llano cerca de Tzagan Luk- Y se bajó del camello al tiempo que tapándose la cara con las manos en actitud de orar, comenzó a repetir la frase: OM MANI PADME HUNG. ¿Que sucede dije? ¿No habéis visto? como nuestros camellos movían las orejas espantados, cómo los caballos en la llanura quedaban inmóviles y atentos, y cómo los carneros y el ganado se echaban al suelo ¿No observasteis que los pájaros dejaron de volar, las marmotas de correr y los perros de ladrar? El aire vibraba dulcemente y traía de lejos la música de una canción que penetraba hasta el corazón de los hombres, de las bestias y de las aves. La tierra y el cielo contenían el aliento. El viento cesaba de soplar; el sol detenía su carrera. En un momento como aquél, el lobo que se aproximaba a hurtadillas a los carneros hace alto en su marcha solapada; el rebaño de antílopes, amedrentado, retiene su ímpetu peculiar; se le cae de las manos; El armiño rapaz cesa de arrastrarse detrás de la confiada perdiz. Todos los seres vivos, transidos de miedo, involuntariamente sienten la necesidad de orar, aguardando su destino. Esto era lo que entonces ocurría, lo que sucede siempre que el Rey del Mundo, en su palacio subterráneo, reza inquiriendo el porvenir de los pueblos de la tierra.

 

Así habló el mongol, pastor simple e inculto, y así nos lo cuenta Ferdinando Ossendowski, ilustre sabio, escritor polaco, de pluma ágil y colorista, y un observador perspicaz, cuyos méritos científicos garantizan la exactitud de cuanto relata.

 

Ese Rey del Mundo tiene su reino en Agharti, y se extiende a través de todos los accesos subterráneos del mundo entero. Un lama llamado Gelong, favorito del príncipe Chultun Beyh, y el príncipe mismo, le hicieron a F. Ossendowski la siguiente descripción del reino subterráneo.

 

Hace mas de seis mil años, un hombre santo desapareció con toda una tribu en el interior de la tierra y nunca ha reaparecido en la superficie de ella. Muchos hombres, sin embargo, han visitado después ese reino misterioso: Sakya Muni, Nadur, Gheghen, Paspa, Baber y otros. Nadie sabe dónde se encuentra situado. Dicen unos que en Afganistán otros que en la india. Todos sus miembros están protegidos contra el mal, y el crimen no existe en el interior de sus fronteras. La ciencia se ha desarrollado en la tranquilidad y nadie vive amenazado de destrucción. El pueblo subterráneo ha llegado al colmo de la sabiduría. Ahora es un gran reino que cuenta con millones de súbditos regidos por el Rey del Mundo. Este conoce todas las fuerzas de la naturaleza, lee en todas las almas humanas y en el gran libro del destino. Invisible reina sobre ochocientos millones de hombres que están dispuestos a ejecutar sus órdenes.

 

Las cavernas profundas están iluminadas con un resplandor particular que permite el crecimiento de cereales y otros vegetales y duran las gentes una larga vida sin enfermedades. Allí existen numerosos pueblos e incontables tribus. La capital de Agharti está rodeada de villas en las que habitan los grandes sacerdotes y los sabios. Recuerda a Lhassa, donde el palacio del Dalai Lama, el Potala, se halla en la cima de un monte cubierto de templos y monasterios. El trono del Rey del Mundo se alza entre dos millones de dioses escarpados. Estos son los santos panditas. El palacio mismo se halla circundado por la residencia de los Goros (Grandes Sacerdotes del Rey del Mundo) quienes poseen las fuerzas visibles o invisibles de la tierra, del infierno y del cielo, y pueden disponer a su antojo de la vida y de la muerte de los hombres.

 

Si nuestra loca humanidad emprendiera la guerra contra ellos, serían capaces de hacer saltar la corteza de nuestro planeta transforman- do la superficie de este en desiertos. Pueden sacar los mares cambiar los continentes en océanos y convertir las montañas en arenales. A su mando los árboles, las hierbas y las zarzas empiezan a retoñar: los hombres resucitan. En extraños carros, que nosotros no conocemos recorren a toda velocidad los estrechos pasillos del interior de nuestro planeta.

 

El bienaventurado Sakya Muni encontró en la cima de un monte unas tablas de piedra con letreros que sólo logró descifrar a edad muy avanzada, y penetró luego en el reino de Agharti del que trajo las migajas del saber sagrado que pudo retener en la memoria. Allí en palacios maravillosos de cristal, moran los jefes invisibles de los fieles. Los santos panditas estudian el mundo y sus fuerzas. A veces, los más sabios de ellos se reúnen y envían delegados a los sitios donde jamás llegó la mirada de los hombres. Los panditas más altos, con una mano en los ojos y la otra en la base del cráneo de los sacerdotes más jóvenes, les adormecen profundamente, lavan sus cuerpos con infusiones de plantas, les inmunizan contra el dolor, les hacen tan duros como la piedra, les envuelven en bandas mágicas y se ponen a rezar al Dios poderoso. Los jóvenes petrificados acostados, con los ojos abiertos y los oídos atentos, ven y oyen y se acuerdan de todo.

 

Enseguida un Goro se acerca y clava en ellos una mirada penetrante. Lentamente los cuerpos se levantan de la tierra y desaparecen. El Goro sigue sentado, con los ojos fijos en el sitio al que los envió. Unos hilos invisibles les sujetan a su voluntad y algunos de ellos viajan por las estrellas, asisten a los acontecimientos y observan los pueblos desconocidos, sus costumbres y condiciones. Escuchan las conversaciones, leen los libros y se percatan de las dichas y las miserias, de la santidad y los pecados, de la piedad y del vicio... Los hay que se mezclan a la llama, ven la criatura del fuego, ardiente y feroz, combaten sin tregua, derriten y machacan los metales en las entrañas de los planetas, hacen hervir el agua de los geyseres y fuentes termales, funden las rocas y derraman sus materias en fusión sobre la superficie de la tierra y los oficios de las montañas. Otros se lanzan en busca de los seres del aire, infinitamente pequeños, evanescentes y transparentes, empapándose en sus misterios y descubriendo el objeto de su existencia.

 

Algunos se deslizan hasta los abismos del mar y estudian el reino de las útiles criaturas del agua que transportar y esparcen el calor saludable por toda la tierra, rugiendo los vientos, las olas las tempestades. En el monasterio de Erdeni Dru vivió antaño Pandita Hutuktu, que estuvo en Agharti. Al morir, habló del tiempo en que moró por voluntad del Goro, en una estrella roja del Este, y de cuando voló por el océano cubierto de hielos y vagó entre las llamas ondulantes que arden en las profundidades de la tierra.

 

El Rey del Mundo dirige el trabajo de los Panditas y Goros de Agharti. A veces acude a la caverna del templo, donde reposa el cuerpo embalsamado de su antecesor, en un féretro de piedra negra. Esta caverna está siempre oscura, pero cuando el Rey del Mundo entra en ella, en los muros surgen rayas de fuego, y de la cubierta del féretro surgen lenguas de llamas. El Goro mayor se mantiene junto a él, tapadas la cabeza y la cara, con las manos cruzadas sobre el pecho. El Goro no se quita nunca el velo del rostro, porque su cabeza es una calavera de ojos chispeantes y lengua expedita. Comulga con las almas de los difuntos.

 

El Rey del Mundo habla largo rato, luego se aproxima al féretro extendiendo la mano. Las llamas brillan más intensamente, las rayas de fuego de las paredes se extinguen y reaparecen entrelazándose, formando signos misteriosos del alfabeto vatannan. Del sarcófago empiezan a salir banderolas transparentes de luz apenas visible. Son los pensamientos de los antecesores. Pronto el Rey del Mundo se ve rodeado de una aureola de aquella luz y las letras de fuego escriben, escriben sin cesar en las paredes los deseos y las órdenes de Dios. En aquel instante, el Rey del Mundo está en relación con las ideas de todos los que dirigen los destinos de la humanidad; reyes, zares, jefes guerreros, grandes sacerdotes, sabios, hombres poderosos. Conoce sus interiores y sus planes. Si agradan a Dios, el Rey del Mundo los favorecerá con su ayuda sobrenatural, si desagradan a Dios, el Rey provocará su fracaso. Esta facultad la posee Agharti por la creencia misteriosa de «Om», vocablo con el que principian todas nuestras plegarias. «Om» es el nombre de un antiguo santo, el primero de los goros que vivió hace trescientos mil años. Fue el primer hombre que conoció a Dios, el primero que enseñó a la humanidad a creer, esperar y luchar contra el mal. Entonces Dios le otorgó poder absoluto sobre las fuerzas que gobiernan el mundo visible.

 

Después de su coloquio con su antecesor, el Rey del Mundo reúne el Supremo Consejo de Dios, juzga las naciones y los pensamientos de los grandes hombres y les ayuda o les anonada. Enseguida el Rey del Mundo entra en el templo, y a solas reza y medita. El fuego brota del altar, y poco a poco se propaga en todos los altares próximos, y a través de la llama ardiente se vislumbra cada vez más claro el rostro de Dios. El Rey del Mundo participa respetuosamente a Dios las decisiones del Consejo, y recibe en cambio las instrucciones inescrutables del Omnipotente. Cuando abandona el templo, el Rey del Mundo exhala un resplandor divino.

 

¿Realidad o ficción mística? - ¿Ha visto alguien al Rey del Mundo?, Preguntó F. Ossendowski. -Sí -contestó el lama- Durante las fiestas solemnes del primitivo budismo, en Siam y las indias, el Rey del Mundo se apareció cinco veces. Ocupaba una carroza magnífica tirada por elefantes blancos, engalanados con finísimas telas encajadas de oro y pedrería. El Rey vestía un manto blanco y llevaba a la cabeza la tiara roja, de la que pendían hilos de brillantes que le tapaban la cara. Bendecía al pueblo con una bola de oro rematada por un áureo cordero. Los ciegos recobraron la vista, los sordos oyeron, los impedidos echaron a andar y los muertos se incorporaban en sus tumbas, por doquier fijaba la mirada el Rey del Mundo. También se apareció en Erdeni Dzu, y visitó igualmente, el antiguo monasterio de Sakkai y Narabanchi Kure.

 

¿Cuántas personas han ido a Agharti? -Muchas, pero todas guardan el secreto de lo que vieron. Cuando los Oletos destruyeron Lhassa uno de sus destacamentos, recorriendo las montañas del Sudoeste, llegó a Agharti. Aprendieron algunas ciencias misteriosas y las trajeron a la superficie de la tierra. He aquí por qué los Oletos y los Kalmucos son tan hábiles magos y adivinos. Ciertas tribus negras del Este se internaron también en Agharti y allí estuvieron varios siglos. Más tarde fueron expulsados del reino y regresaron a la faz del planeta poseedores del misterio de los augurios según los naipes, las hierbas y las líneas de la mano. De esas tribus proceden los gitanos. Allá en el Norte de Asia, existe una tribu en vías de desaparecer, que residió en el maravilloso Agharti. Los miembros de ella saben llamar a las almas de los muertos cuando flotan en el aire.

 

La vez que el Rey del Mundo se apareció a los lamas del monasterio de Narabanchi Kure, hizo la siguiente profecía.

 

«Cada día más se olvidarán los hombres de sus almas y se ocuparán de sus cuerpos. La corrupción más grande reinará en la tierra. Los hombres se asemejarán a animales feroces, sedientos de sangre de sus hermanos. La Media Luna se borrará y sus adeptos se sumirán en la mendicidad y en la guerra perpetua. Sus conquistadores serán heridos por el sol, pero no subirán dos veces; les sucederá la peor de las desgracias y acabarán entre insultos a los ojos de los demás pueblos. Las coronas de los reyes, grandes y pequeños, caerán; uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho... Habrá una guerra terrible entre todos los pueblos. Los océanos enrojecerán... La tierra y el fondo de los mares se cubrirán de esqueletos, se fraccionarán los reinos, morirán naciones enteras... el hambre, la enfermedad, los crímenes desconocidos de las leyes... cuando el mundo no habrá contemplado aún. Entonces vendrán los enemigos de Dios y del Espíritu Divino que residen en el hombre. Quienes cojan la mano de otro, perecerán también. Los olvidados, los perseguidos se sublevarán y llamarán la atención del mundo entero. Habrá nieblas y tempestades. Las montañas peladas se cubrirán de bosques. Temblará la tierra... Millones de hombres cambiarán las cadenas de la esclavitud y las humillaciones por el hambre, las enfermedades y la muerte. Los antiguos caminos se llenarán de multitudes que irán de un sitio a otro. Las ciudades mejores y más hermosas perecerán por el fuego. Una, dos, tres... El padre luchará con el hijo, el hermano con el hermano, la madre con la hija. El vicio, el crimen, la destrucción de los cuerpos y de las almas imperarán sin frenos... Se dispersarán las familias... Desaparecerán la fidelidad y el amor. De diez mil hombres, uno sólo sobrevivirá... un loco, desnudo, hambriento y sin fuerzas que no sabrá construirse una casa, ni proporcionarse alimento... Aullará como un lobo furioso, devorará cadáveres, morderá su propia carne y desafiará airado a Dios. Se despoblará la tierra. Dios le dejará de su mano. Entonces surgirá un pueblo hasta ahora desconocido que, con puño fuerte, arrancará las malas hierbas de la locura y el vicio, y conducirá a los que hayan permanecido fieles al espíritu del hombre a la batalla contra el mal. Fundará una nueva vida en la tierra purificada por la muerte de las naciones. Dentro de cincuenta años no habrá más que tres grandes reinos nuevos que vivirán felices durante setenta y un años. Enseguida vendrán dieciocho años de guerra y cataclismos… Luego los pueblos de Agharti saldrán de sus cavernas subterráneas y aparecerán en la superficie de la tierra...»

 

 

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