CIAG 

Círculo de Investigación de la Antropología Gnóstica

 

Círculo de

Investigación de la

Antropología

Gnóstica

...

 LOS AZTECAS Y SUS DIOSES REGENTES

 

Cuando echamos la vista hacia atrás, hacia culturas milenarias, hoy extintas, imbuidos como estamos con una mentalidad según la cual, nos creemos el sumun de la civilización, pensamiento, cultura, tecnología..., sin comparación a lo que anteriormente se haya podido ver sobre el planeta Tierra, apenas si estamos dispuestos a aceptar la visión, la sabiduría y la grandeza que aquellos individuos, aquellos pueblos desarrollaron.

 

Con un poco de humildad veremos culturas, como la Azteca, que nos sorprenden y nos motivan en esa eterna búsqueda del hombre de la Realidad y la Verdad de sí mismo, y que ciertamente, se desarrollaron sociedades cuyos conocimientos e, incluso, tecnología siguen siendo un misterio que se encubre con torpes interpretaciones y absurdas teorías.

 

La historia nos presenta a los Aztecas, como una tribu de humildes y oscuros orígenes nómadas, que se establecen en el 1325 en algunos islotes de uno de los lagos del valle de México, transformando estos islotes en una de las más extraordinarias ciudades de la América precolombina: México-Tenochtitlán.

 

Eran de idioma Nahualt y étnicamente se les relaciona con los grupos culhuas y toltecas. En su peregrinación a la búsqueda de un lugar de asentamiento, llegaron a Chapultepec, mediado el siglo XIII, portando una organización claramente tribal, con culto a un dios, Huitzilopochtli (colibrí del Sur), llevado en andas por cuatro “teomama’, quienes interpretaban sus ordenes y dirigían a la tribu (estructurada en barrios o linajes, cada uno con sus jefes, dioses, pertenencias...).

 

Siguiendo con la antropología oficial, se dice que fueron expulsados por los pueblos vecinos a principios del siglo XIV, y pasaron a dependencia de Culhuacán; emparentaron mas, tras un sacrificio, a Huitzilopochtli, de una hija del señor de la ciudad, pedida para casarse con un jefe azteca, huyeron. De nuevo errantes por el valle, su dios les indicó el lugar donde debían establecerse, allí donde un águila había hecho su nido sobre un hermoso tunal.

 

La fundación de Tenochtitlán acaeció en 1325 y tuvo lugar en un islote, dentro del lago Texcoco. Desarrollaron una economía basada en la pesca y caza de aves acuáticas y en una agricultura de humedad.

 

Construyeron una ciudad fácilmente defendible, las canoas eran medio básico de comunicación; mediante una política expansionista entablaron relaciones y guerras, sometiendo a otros pueblos que les habían de pagar tributos pero que no eran absorbidos culturalmente por Tenochtitlán y, por tanto, predispuestos a la rebelión lo que favoreció la conquista de los españoles.

 

La capital, Tenochtitlán, causó la admiración de éstos por su riqueza y gran pujanza, cual la Venecia mediterránea en su esplendor; su población se ha estimado de 200.000 a 500.000 habitantes; todas las casa tenían su jardín y temazcalli o baño de vapor, templos, palacios, zoológicos, alcantarillado, calzadas, mercados abarrotados, constituían una sociedad altamente organizada.

 

Como pueblo guerrero, la clase militar fue esencial en la vida de los aztecas; original fue la existencia de una organización militar reservada a la nobleza, cuyos miembros eran caballeros-águila y los caballeros-tigre, especialistas en el arte militar y grupo privilegiado, con templos, ceremonias...

 

La religiosidad azteca, además de impregnar todos los ámbitos de la vida, fue también uno de los rasgos determinantes de su desarrollo histórico.

 

Las artes alcanzaron altas cotas, destacando la arquitectura, escultura, orfebrería, música danza, canto, poesía...

 

Los conocimientos matemáticos de los aztecas fueron muy desarrollados y conocieron dos calendarios: uno litúrgico y otro solar.

 

La numeración seguía el sistema vigesimal, y la escritura se basaba en un sistema jeroglífico muy cercano al fonetismo con el que desarrollaron una literatura en nahuatl y un pensamiento religioso y filosófico muy interesante; la poesía se consideró como un medio poderoso de acercamiento a los dioses.

 

Conviene constatar la gran diferencia que encontramos entre la Antropología meramente profana y la Antropología gnóstica. La antropología profana deviene de asociaciones de tipo intelectivo, saca deducciones lógicas que pueden estar de acuerdo o no con los principios esoteristas de Anahuac, o de los Toltecas, o del Egipto, etc. pero la antropología gnóstica, basada en reglas precisas y en principios tradicionales eternos, sabe extraer de las piedras arcaicas toda la sapiencia esotérica.

 

Respecto al origen de los aztecas, el Maestro Samael nos habla de Aztlán el Celeste Paraíso allende los mares ignotos del Polo Norte, que magnifico luce en el septentrión aquel Edén de la cuarta coordenada, continente firme en medio del océano. Ni por tierra, ni por mar, se logra llegar a la Tierra Sagrada, se repite vehementemente en la tradición helénica. “Sólo el vuelo del espíritu puede conducir a ella”, dicen con gran solemnidad los viejos sabios del mundo oriental.

 

Basándonos en las investigaciones y obra del Maestro Samael, especialmente en el libro La Doctrina Secreta de Anahuac, podemos saber que el pueblo azteca, otrora conducido por los Genios tutelares o Jinas de la “Insula Avallones”, Aztlán, llegó hasta las lagunas mexicanas. Paralela exacta la del bíblico Moisés hebraico guiando al Pueblo de Israel a través del desierto hasta la Tierra Prometida.

 

No está de más recordar que en la antigua Edad de Oro de la primera raza, de la Isla de Cristal, la Tierra de Apolo, debido a la revolución periódica de los ejes del mundo, se hallaba en la zona ecuatorial.

De la primera Raza, la Protoplasmática, emanó la segunda, la Hiperbórea, de esta segunda clase de Andróginos divinos, procede a su vez la tercera raza raíz, los Lemures, gigantes hermafroditas. Después que la humanidad hermafroditas se separó en sexos, surgió la cuarta raíz, los Atlantes; nuestra actual quinta raza raíz, las multitudes arias que habitan sobre la faz de la Tierra, separada de su tallo padre (los atlantes), tiene ya algo más de un millón de años de existencia.

La Isla de cristal, el Aztlán azteca, pues, el Paraíso Terrenal, la Tierra de nuestros Mayores. Allí moran los antepasados de todas las razas humanas.

 

La tribus de Anahuac, como todas las tribus de Indo América, vinieron de la Atlántida y jamás del Norte. Aquellos que enfatizan la idea de que las tribus de Indo América vinieron del continente asiático pasando por el famoso Estrecho de Bering, están absolutamente equivocados porque ni en Alaska ni mucho menos en el mencionado Estrecho existe el menor vestigio del paso de la Raza humana por ahí.

 

En las lagunas mexicanas, a donde llegaran los aztecas, fundaron su capital México-Tenochtitlán. Tenochtitlán tiene una explicación muy sencilla: “Lugar del tenochtli, nopal de tuna dura”. México, etimológicamente viene de la raíz “metztli” (luna) y “xictli” (ombligo o centro), México, palabra clásica precolombina, se traduce: “la ciudad que está en medio del lago de la luna”.

 

Aún en la cima de la gloria, los antiguos mexicanos nunca olvidaron que su metrópolis, imponente, maravillosa, había sido establecida en los pantanos por una tribu humilde y subestimada.

 

Cierta leyenda muy antigua, que se pierde en la noche de los siglos, refiere cómo ancianos descubrieron con gran asombro “intolihticinacaihti”, “dentro del tular, dentro de carrizal”, a ciertos vegetales y criaturas animales que el Dios Huitzilopochtli les había anunciado: el sauce blanco, la rana color de esmeralda y el pez blanco, etc. A la noche siguiente, el Dios llamó al sacerdote Cuauhcoatl (Serpiente-Águila) y tras una nueva revelación el ministro del Altísimo, embriagado de éxtasis, de inmediato reunió a los mexicanos en el ágora para comunicarles la Palabra del Señor, le siguieron a los pantanos y allí descubren la señal prometida, el águila rebelde posada sobre el nopal en pleno festín macabro, tragándose una serpiente.

La Serpiente es el símbolo esotérico de la sabiduría y del conocimiento oculto. Si la serpiente no fuese tragada por el Águila, nunca seríamos dioses.

 

Se convierte en la serpiente emplumada resultado de trabajos conscientes y padecimientos voluntarios, simbolizados con las espinas del nopal.

 

Serpiente, águila, nopal, piedra filosofal, agua de gran lago, extraordinarios basamentos esotéricos de la gran Tenochtitlan.

 

El códice Azcatlán, alegoriza inteligentemente a los principios de la vida mexicana en Tenochtitlan en un cuadro que muestra a unos pescadores en canoa, ocupados en la dura brega, tratando de pescar entre juncos y aves acuáticas.

 

Vanos utopistas, suponen en forma absurda que todo esto pasaba en el año 1325 de nuestra era. La fundación de la gran Tenochtitlan se esconde en la noche profunda de los innumerables siglos que nos precedieron en el curso de la Historia.

 

Los humildes fundadores de la poderosa civilización solar, México-Tenochtitlan, dedicaban la mayor parte de su precioso tiempo a la pesca y a la caza de aves acuáticas. Es claro que aquellas gentes sencillas no tenían mejor aspecto que los demás “salvajes lacustres” ante la altiva mirada de los vecinos habitantes humanos de Colhuacan, Azcaputzalco y Tetzcoco.

 

Sus armas eran la clásica red de todos los tiempos, tan necesaria para la pesca, y el famoso lanzadardos tan indispensable para cazar aves en el lago.

 

El pueblo mexicano veneraba y honraba a los Dioses santos: ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines del cristianismo. Los Dioses de Anahuac, como los Devas indostanes, malachim hebraicos, ángeles del cristianismo, son los principios espirituales de las fuerzas maravillosas de la naturaleza.

 

Dichosos se sintieron los mexicanos cuando pudieron comprar a sus vecinos de tierra firme, maderas, tablas y piedras para edificar su ciudad. Tal compra se realizó mediante el sistema de trueque, cambiando materiales útiles por peces, renacuajos, ranas camarancillos, culebras acuáticas, moscas acuáticas. gusanillos laguneros, patos, pájaros que viven en el agua, etc, etc, etc.

 

Con infinita humildad, sencillez y pobreza, edificaron un templo al arcángel Huitzilopochtli, el real fundador de México-Tenochtitlan. El tabernáculo aquél ciertamente era bien pequeño, muy de acuerdo a sus posibilidades económicas.

 

Establecidos en tierra extranjera, entre juncos y carrizos, es obvio que estas gentes no disponían de piedra y madera suficiente.

Cuenta la leyenda de los siglos que el recuerdo de aquella época, humilde y grandiosa a la vez, se conmemoraba una vez al año durante las fiestas del mes etzalqualiztli.

 

El ayauhcalli o primer oratorio dedicado a Huitzilopochtli, fue levantado un poco al noroeste de la actual catedral metropolitana, y aproximadamente a trescientos metros en idéntica dirección del centro de la plaza de la constitución que hoy se llama zócalo.

 

Los sucesivos soberanos mexicanos, ciertamente no ahorraron esfuerzo alguno al hacer para el bienaventurado arcángel Huitzilopochtli una casa de devoción digna de él, pero siempre sobre el mismo terreno o lugar sacratísimo escogido por el bendito. Alrededor de ese centro magnético tan singular, surgieron, reinado tras reinado, palacios, pirámides, santuarios, etc. En el teocalli (casa de Dios) se resume y concentra totalmente el motivo fundamental de la ciudad, del pueblo y del estado.

 

Los mexicanos hubieron de adaptar a su servicio gran número de islas pequeñas, bancos de arena y fango, etc. Con gran industria e infinita paciencia, aquel pueblo anfibio hubo de empezar por crear el suelo acumulando lodo sobre balsas de junco, ahondar muchísimos canales, terraplenar muy bien las orillas y construir por aquí, por allá y acullá calzadas y puentes.

 

Fue así como surgió la gran Tenochtitlan, centro maravilloso de una poderosa civilización serpentina.

 

En el transcurso de la historia azteca, tal vez la figura más señalada sea la de Quetzalcoatl, el Cristo cósmico nahua que en el año Ce Acatl (895) encarnó en el hogar de Iztacmixcoatl y Chimalma. De naturaleza mística y austera, muy joven comenzó a practicar el ayuno y la penitencia. A los treinta años fue nombrado gran sacerdote y monarca de Tollan (Tula, Estado de Hidalgo). Otro de los anales toltecas dice:

 

 “Desterrado de su patria, volvió a ella después de muchos años trayendo desde países lejanos una civilización muy adelantada y una religión monoteísta de amor para todos los hombres.”

 

Otra de esas crónicas dice: “Llegó a Tollan por Pánuco, venía del mar sobre un madero, era blanco y barbado, y portaba túnica bordada con pequeñas cruces rojas.

 

Les enseñó a cultivar la tierra, a clasificar a los animales, a tallar las piedras preciosas, la fundición de metales, la orfebrería y la cerámica. Les enseñó astronomía y el uso del calendario. Prohibió la guerra y los sacrificios humanos y de animales; los sacrificios habían de ser de pan, de flores y de copalli. Prohibió el homicidio, el robo, la poligamia y todo mal entre los hombres.

 

Ciertamente, podemos reflexionar que a estas alturas de su historia, el pueblo azteca, desde aquellos remotos y humildes comienzos, después de un periplo de desarrollo y evolución, mostraba los síntomas de una sociedad ya decadente. Y en este estado aparece un instructor divino, en total semejanza al Maestro Jesús el Cristo, quien en la Cultura hebrea viene a restablecer unas leyes y costumbres caducas y degeneradas, impulsando una nueva oportunidad.

 

También en tierras aztecas, el instructor divino fue negado y perseguido por los mismos a quienes había venido a enseñar a amar y a vivir. Finalmente con cuatro de sus discípulos se dirigió a Coatzacoalcos, y dicen los anales que construyó una balsa y en ella se hizo a la mar y desapareció. Pero antes les dijo que tuvieran por cierto que hombres blancos y barbados como él habrían de llegar por mar del oriente y se enseñorearían de Anahuac.

 

Sabemos que se cumplió la profecía, hombres blancos y barbados vinieron desde el mar por el este, pero no para evangelizar con palabras sino con la espada. La conquista del Imperio Azteca comenzó en 1519; Hernán Cortés con los invasores españoles llegó a Tenochtitlan en noviembre de 1519 y tuvo un espléndido recibimiento por parte del emperador Moctezuma, quien sabedor de los malos presagios que corrían contra su pueblo, no quiso irritar a Cortés. Este en un principio se hizo dueño de la situación, mas, tras una rebelión del pueblo, por la que Moctezuma recibió una herida de una pedrada que la llevó a la muerte, en la noche del 30 de junio de 1520, con más de un mes de intensa lucha con los españoles y sus aliados han de huir muriendo en el intento más de ochocientos soldados y de dos mil tlaxcaltecas, en la que se llamó la “noche triste”.

 

El sucesor de Moctezuma, Cuitlahuac reinó pocos meses, pues sucumbió ante la viruela que traída por españoles diezma la población. Cuauhtemoc el último emperador azteca, significa el “águila que cae”, y con él ciertamente cayó el Imperio Azteca en mayo de 1521 tras el ataque de Hernán Cortés con los soldados y armas que le quedaban más, un ejército de 100.000 tlaxcaltecas y de otras ciudades enemigas del imperio azteca.

 

Poco después de la incursión, no quedaría piedra sobre piedra de la gran Tenochtitlan. Sobre sus ruinas se colonizaría y se levantó México D. F. A nuestros días apenas si han llegado algunos restos que nos hablen de lo que fuera esta impresionante civilización azteca. En el museo de Antropología e historia de la ciudad de México, podemos encontrar la mayoría de las esculturas y piedras talladas que nos trasmiten la filosofía, la religión, el arte e incluso la profunda ciencia de este pueblo.

 

Ya que la Antropología Gnóstica es una antropología psico-analítica, por medio del psico-análisis podemos extraer de cada pieza, nicho, pirámide, tumba, etc., los principios psicológicos contenidos en tales piezas.

 

La sabiduría que floreció en el México antiguo, es la misma de Egipto, es la misma de la India milenaria, la tierra sagrada de los vedas; es la misma de Troya, de Roma, de Cartago... El México antiguo tuvo una cultura que ni remotamente sospechan las gentes de esta época.

 

Quienes piensen erradamente que los habitantes de Anahuac adoraban a ídolos, están totalmente equivocados, por que México tiene una cultura extraordinaria y maravillosa que deviene de los más antiguos tiempos.

 

Si en la vieja Europa se adoró al Cristo, en Centro América se reverenció al Cristo Cósmico, a Quetzalcoatl, no es éste un ídolo. El drama del Señor Quetzalcoatl es el mismo de Jeshua Ben Pandirá. Quetzalcoatl es el Cristo Cósmico, el Cristo que bulle y palpita en todo lo que es, en todo lo que ha sido y en todo lo que será.

 

En el museo de Antropología e Historia de la ciudad de México como testimonio de las místicas enseñanzas de Quetzalcoatl, existe un monolito de la “serpiente preciosa de plumas de quetzalli” que tiene por fuera una gran bífida lengua (símbolo de la luz), sobre la cabeza una “I”, emblema del fuego, Ignis, y el jeroglífico “acatl” (caña), un carrizo de agua, simbolizado por la cabeza humana que remata al conjunto de la serpiente.

 

La “serpiente preciosa de plumas de quetzalli” es el emblema del divino hombre nahua, Quetzalcoatl, que encarnó en Adam y cayó al ceder a la tentación de la serpiente bíblica.

 

Los nahuas adoraban a Quetzalcoatl como séptuple serpiente preciosa de plumas de quetzalli que dormitando, caída en los abismos atómicos de la mujer y del hombre, en el cóxis, espera ser despertada y levantada por la pareja perfecta.

 

No podemos olvidar a Xolotl, la sombra viviente de Ouetzalcoatl, Lucifer-Prometeo, es el portador de luz, la estrella de la mañana, el símbolo viviente de nuestra piedra angular, la piedra del rincón, la piedra filosofal en la cual está la clave de todos nuestros poderes.

Ostensiblemente, Xolot-Lucifer-Prometeo es el doble de Quetzalcoatl, el príncipe de la Luz y de las tinieblas.

 

Xolot-Lucifer-Prometeo, es el entrenador psicológico en el gimnasio de la vida práctica. Existe en la tentación luciférica, didáctica inimitable, instigación oculta con propósitos divinales secretos, seducción, fascinación. De todo esto podemos inferir que dentro de nuestras hondas intimidades, podemos y debemos luchar contra el Dragón y sus huestes tenebrosas (los defectos psicológicos), si es que en verdad queremos convertirnos en “Hijos de la Sabiduría” y en “Dioses Inmortales”.

 

Ouetzalcoatl Resurrecto después de haber “blanqueado el latón” (emblema de Lucifer de los viejos Alkimistas medievales), se convierte en el Lucero de la mañana.

 

Bel y el Dragón, Quetzalcoatl y Xolotl, Apolo y Pitón, Krisna y Kaliya, Orisis y Tiphon, Miguel y el Dragón Rojo, San Jorge y su Dragón, siempre son el Logoi particular divinal en cada uno de nosotros y su doble proyectado en nuestra psiquis para nuestro bien.

 

En el mismo museo de Antropología se encuentra un monolito fálico que representa a un hombre decapitado. La cabeza ha sido reemplazada por siete serpientes que se levantan con las fauces abiertas y de las cuales salen bífidas lenguas simbolizando a la luz; el hombre tiene el falo en erección; de su columna vertebral salen rayos de luz a los que señala con una de sus manos.

 

El monolito fálico nahua con las siete serpientes simboliza a Quetzalcoatl victorioso. Las siete serpientes con bífidas lenguas son el fuego sexual del adepto a las ciencias arcanas. Las siete serpientes reemplazan a la cabeza del decapitado simbolizan también que el hombre que levanta a sus siete serpientes se convierte en Dragón de siete verdades. El falo en erección, en forma de palma, nos indica que sólo por medio de la magia amorosa se levantan las serpientes.

 

En el Museo de Antropología e Historia de la ciudad de México existe la figura de un hombre de piedra, semiacostado, en decúbito dorsal. Las plantas de sus pies se posan en su lecho, las rodillas en alto, las piernas medio flexionadas contra los muslos, el torso arqueado en actitud de primer impulso para levantarse, con la cara hacia la izquierda y la mirada en el horizonte; en sus manos, un recipiente a la altura del plexo solar.

 

Este hombre en piedra es conocido por los arqueólogos con el nombre de Chac-Mool y es uno de los pocos símbolos del panteón azteca que se salvaron de la destrucción de la conquista. Fue tallado por los místicos aztecas mayas, tarascos, etc., para perpetuar la sabiduría que ellos recibieron como herencia secreta de sus antepasados. El nombre de esta escultura azteca es FARAON; nombre cuyas silabas se descomponen así: FA-RA-ON, y que debidamente vocalizadas son un mantran que hace que el cuerpo astral de quien las pronuncia se separe del físico y el hombre flote en el espacio hacia la gran pirámide de Gizah en Egipto.

 

No hay duda de que los aztecas conocedores de este proceso natural (que por las noches inconscientemente en nosotros se produce durante el sueño), y de las distintas dimensiones de la naturaleza, dominaban las Ciencias Astral y Jinas. De hecho, encontramos en el museo otro cuadro muy interesante relacionado con las enseñanzas que se impartían a los nobles y sacerdotes aztecas en sus templos secretos.

 

En este cuadro vemos a dos seres flotando sobre el cerro de Chapultepec (“chapul” significa cerro y “tepec” grillo, puede definirse este nombre azteca como cerro del grillo); en la cúspide del cerro aparece un grillo en actitud de estar cantando; a un lado del paisaje aparece flotando un rostro humano de cuya boca salen dos ondas de luz que simbolizan el canto del grillo o que las dos personas en actitud de flotar sobre la falda del cerro, deben producir el agudo y monótono sonido del grillo para poder entrar en el templo.

 

En el cerro de Chapultepec existe un templo en estado de jinas, es decir, dentro de la cuarta dimensión. A este templo se puede concurrir en cuerpo astral. El jefe del templo de Chapultepec es el Venerable Maestro Rasmussen. Este templo está custodiado por celosos guardianes con espada desnuda.

 

La forma práctica de llevar a cabo estas enseñanzas, develado por el V. M. Samael, es como sigue: “Concéntrese en el agudo canto del grillo, el canto debe salir por entre las celdillas cerebrales; si la práctica es correcta pronto llegará el estado de transición que existe entre la vigilia y el sueño, seguir adormecidos y aumentar la resonancia del canto del grillo por medio da la voluntad; entonces levantarnos del lecho y con entera confianza salir del cuarto rumbo al templo de Chapultepec, o a donde se quiera, tratando de no perder la lucidez de conciencia.”

 

En el mismo museo de México también encontramos un monolito de impresionante tetra-significado: en lo alto de éste, por entre el anillo de su cuerpo enroscado, asoma una preciosa y gran serpiente de doble cara que ve hacia adelante y hacia atrás como el Jano de la religión grecorromana; redondos y penetrantes ojos, fauces entreabiertas de las cuales —debajo de los cuatro incisivos superiores, curvos, afilados y con las puntas hacia fuera— cuelgan grandes y bífidas lenguas.

El cráneo en el ombligo de la deidad no es el remate de su collar ni el broche del cinturón de su falda sino Coatlicue, la devoradora de hombres y diosa de la tierra y de la muerte, cuyo cuerpo se proyecta al frente entre los muslos, desde el bajo vientre hasta los pies de la deidad.

 

El cráneo que por la espalda pero a la altura del omóplato parece abrochar el cinturón de su falda de serpientes, simboliza a Tonantzin, madre de los dioses, oculta en la parte posterior de la falda de Coatlicue, olvidada por los hombres de esta generación.

 

De la preciosa serpiente que remata el conjunto del monolito emana un «sentimiento de maternidad» y su cabeza de doble cara es el emblema de la pareja divina. La parte posterior, de los hombros a los pies, simboliza a Tonantzin, la madre de los dioses; su pecho de flácidos senos, adornado con collar de manos y corazones, simboliza a Coatlicue, la sombra de Tonantzin.

 

Tonantzin es vida, Coatlicue es muerte. Los hijos de Tonantzin son hijos del Espíritu Santo y de la castidad; los hijos de Coatlicue son hijos de la fornicación y del adulterio.

 

El iniciado debe morir, dejar de ser para llegar a ser. Pero antes tiene que regresar al seno de la Madre Divina y practicar magia sexual con su casta mujer para que pueda nacer espiritualmente. El que no conoce las leyes de la Madre jamás llegará al Padre.

 

Otra figura del museo de Antropología e Historia es la de Xochipilli sentado sobre un cubo de basalto bellamente tallado. Las rodillas en alto y las piernas en cruz de San Andrés, las manos con los pulgares e índices en contacto y la vista hacia el infinito. Grandes orejeras de jade; cabeza —con fleco que termina en garras de tigre o colmillos de serpientes— sobre la cual, en el pecho, ostenta dos soles con sendas medialunas sobre los mismos; pulseras y rodilleras que rematan en flor de seis pétalos; canilleras con garras que aprisionan sus tobillos y, sobre las canilleras, dos campánulas con las corolas hacia abajo arrojando, una, seis semillas y la otra fuego; cactli cuyas correas se anudan graciosamente sobre sus pies...

 

Xochipilli: «xochitl», flor; «pilli», principal. Dios de la agricultura, de las flores, de la música, del canto, de la poesía y de la danza. «Flores y cantos son lo más elevado que hay en la tierra para penetrar en los ámbitos de la verdad», enseñaban los tlamatinime en los calmacac. Por eso toda su filosofía está teñida por el más puro matiz poético. La cara de Xochipilli es impasible pero su corazón rebosa alegría.

 

Xochiquetzal es la diosa del amor, la comparte o igual de Xochipilli, cuya morada está en el Tamoanchan, el depósito de las aguas universales de vida que en el hombre se ubica en los zoospermos.

 

Jamás hombre alguno ha visto a esta deidad, sin embargo, los nahuas la representaban joven y hermosa, con el cabello sobre sus espaldas y un gracioso fleco en la frente; diadema roja de cuero de la que salía, hacia arriba, penachos de plumas de quetzal; aretes de oro en las orejeras y joyel del mismo metal en la nariz; camisa azul bordada con flores y plumas multicolores; falda policromada y en sus manos ramos de fragantes rosas.

 

Su templo estaba dentro del Templo Mayor de Tenochtitlan y, aunque pequeño, lucía tapices bordados, plumas preciosas y adornos de oro. Xochiquetzal tenía poder para perdonar. A su templo iban las mujeres grávidas, después de tomar un baño lustral, para confesarle sus pecados y pedirle perdón y ayuda; mas si estos eran muy grandes, a los pies de la deidad se quemaba la efigie de la penitente modelada en papel de amate (ficus petiolaris).

 

Sabiduría es amor. Xochipilli mora en el mundo del amor, de la música, de la belleza. Su rostro sonrosado como la aurora y sus rubios cabellos le dan una presencia infantil, inefable, sublime. El arte es la expresión positiva de la mente. El intelecto es la expresión negativa de la mente. Todos los Adeptos han cultivado las bellas artes.

 

Xochipilli, el dios azteca, hace siempre sus negocios con el número kabalístico 10. Esta es la rueda de la Fortuna, la rueda de las reencarnaciones y del karma, la rueda terrible de la retribución. Quien quiera invocar a este Maestro debe lavarse primero las manos con agua pura. Se debe invocar a Xochipilli dentro del tiempo comprendido entre las 10 de la noche del día viernes y las 2 de la madrugada del sábado. Nada se nos da regalado y Xochipilli cobra todo servicio que le pidamos. El que tiene con qué pagar, paga y consigue todo. Quien no tiene con qué pagar tiene que sufrir las consecuencias.

 

Haz buenas obras para que tengas con qué pagar. Así, Xochipilli podrá hacerte milagros y maravillas. En los mundos superiores las buenas obras están simbolizadas por joyas y monedas misteriosas. Con esos valores debes pagar a Xochipilli los servicios que tú solicites. Xochipilli nada hace regalado, todo cuesta. Xochipilli puede hacer girar la rueda de la retribución a tu favor.

 

Con este dios azteca puedes solucionar todos tus problemas, pero él cobra todo servicio porque no puede violar la Ley. Nunca le pidas nada malo a Xochipilli porque él es un Gran Maestro de la Luz. Recuerda que esta deidad es un ángel purísimo de Netzach, el mundo de la mente. Si no tiene con que pagar existe un remedio, pídele a Xochipilli un crédito. Ese es el camino. El resultado será maravilloso. Recuerda que todo crédito debe ser pagado con buenas obras. Si no pagas el crédito, entonces te lo cobrará con intenso dolor. Esa es la Ley. Haz buenas obras para que pagues tus deudas.

 

Si estudiamos un poco la cosmogonía azteca y las enseñanzas de los Maestros nahuas –tlamatimine- veremos muchos puntos de contacto con el Sepher Yetzirah judío. En los treinta y dos senderos de sabiduría del Sepher Yetzirah se habla de la dualidad de Ain Soph y de sus diez Sephiroth.

 

De Ain Soph emana toda la creación, pero la creación no es igual ni en esencia ni en potencia a Ain Soph. El Ain Soph, por medio de su divina Luz increada, irradia de sí mismo a una inteligencia, a un poder que, si originariamente participa de la perfección e infinitud de su credo, por derivarse de ÉL tiene un aspecto finito. A la primera emanación de Ain Soph la Kábala la llama «El Inefable Anciano de los Días». El Anciano de los Días es el Ser de nuestro Ser, el Padre y Madre en nosotros.

Los nahuas le llamaban Huehueteotl, el Padre de los dioses y de los hombres, el Dios Viejo, la primera y la última síntesis de nuestro Ser. En el fondo de la conciencia de todo hombre y de toda mujer vive el Anciano de los Días. La cabellera del Anciano de los Días tiene 13 bucles.

 

Huehueteotl es llamado también “El Dios Viejo del Fuego”, y se le representa en la cultura teotihuacana como un anciano, cargado de años y soportando sobre su cabeza milenaria un enorme brasero.

El Anciano de los Días es la bondad de las bondades, la misericordia infinita, lo oculto de lo oculto. El mantram PANDER, seguido por la meditación, nos permite llegar hasta El.

 

Más allá del Intimo está el Logos o Cristo, más allá del Cristo está el Inefable Anciano de los Días, más allá del Inefable Anciano de los Días está el Ain Soph o Absoluto. El Absoluto es el Ser de todos los seres.

Ain Soph, no pudiendo expresarse en el limitado plano físico, se expresa por medio de sus diez Sephiroth. A su exhalación se le llama Día Cósmico, a su inhalación, Noche Cósmica.

 

Cuando se anunció la aurora del Día Cósmico el universo se estremeció de terror. En la conciencia de los dioses y de los hombres surgió un extraño aterrador crepúsculo y la luz increada comenzó a alejarse de la conciencia de ellos. Entonces los dioses y los hombres lloraron como niños ante la aurora del gran Día Cósmico... El Logos causal del primer instante recordó a los dioses y a los hombres sus deudas kármicas, y comenzó el peregrinar del hombre de un mundo a otro hasta la Tierra, donde actualmente vive sujeto a la rueda de nacimientos y muertes hasta que aprenda a vivir gobernado por la Ley del amor.

 

También Tepeu K’Ocumatz es, entre los aztecas, el Anciano de los Días.

 

En el panteón azteca, encontramos divinidades como:

 

-Tlaloc, dios de la lluvia. «Tlalli»: tierra; «octli»: vino; «El vino que bebe la tierra». Los Maestros lo invocaban para agradecerle la abundancia de cosechas, para pedirle lluvia en las grandes sequías o para que deshiciera las nubes de granizo.

 

-Chalchiuitlicue: esmeralda, cosa preciosa; la que tiene falda de esmeraldas. Es la diosa del agua terrestre y esposa de Tlaloc. Los Maestros la invocaban en el verano cuando los ríos se secaban por la sequía.

 

-Eheacatl, dios del aire, del viento, de la noche. Deidad invisible e impalpable: Los nahuas lo representaban con la máscara de la muerte y cráneo enormemente grande o desnudo; con boca de labios alargados de la cual sale el viento. Los Maestros lo invocaban encendiendo tres velas de cera virgen en el altar del templo. Eheacatl enseña a salir en cuerpo astral, ayuda en los grandes y pequeños viajes, en el trabajo diario, etc. Si se lo suplicamos él nos retira una vieja enfermedad, un mal, un amigo, un mal vecino, etc., pero Eheacatl exige pago para sus dádivas. El que demanda algo tiene que hacer desinteresadas y buenas obras entre los hombres sin distinción de raza credo o clase.

 

-Ipalnemoani, el Absoluto Inmanifestado, «AQUEL por quien vivimos», la vida que palpita en cada átomo y cada sol, es decir, el Eterno Padre Cósmico Común. Para los tlamatinime nahuas, que enseñaban que sólo con flores y cantos puede el hombre encontrar la verdad, Chalchiuitlicue, Tlaloc, Eheacatl... no suman dioses, sino números, leyes, fuerzas, atributos, efluvios, pensamientos de Dios, pero ninguno de ellos es el verdadero Dios: Ipalnemoani.

 

Dentro del recinto donde se levantaba el Templo Mayor de Tenochtitlan existió un templo circular dedicado al Sol orientado hacia el Este, su techo permitía que el Sol penetrara hasta su altar. En el muro interior del fondo de ese templo se hallaba un gigantesco Sol de oro puro, representación visible de la gran Deidad invisible, Ipalnemoani. Su puerta de entrada era la boca de una serpiente con fauces abiertas; de sus comisuras, curvos y amenazadores salían los colmillos y, en relieve, sobre el piso, grande y bífida lengua salía de la puerta del templo. En el frontispicio del templo, en relieve abiertas fauces de otra enorme serpiente de afilados colmillos simbolizando al monstruo contra el cual tenían que luchar los Adeptos de la augusta Orden de los Comendadores del Sol.

 

Entre las cámaras secretas de este templo de misterios existió el tzinacalli (la casa del murciélago), espacioso salón con aspecto interior de sombría caverna donde tenían lugar los rituales de iniciación para alcanzar los altos grados de Caballero Ocelotl (tigre) y Caballero Cuauhtli (águila).

 

A través de las pruebas (donde habían de resistir la embestida de Camazotz) a que eran sometidos los candidatos a iniciados, en las antiguas escuelas de misterios nahuas, el alma animal de éstos se retrataba a veces como murciélago porque, como el murciélago, el alma de ellos estaba ciega y privada de poder por falta de luz espiritual, de Sol.

 

El dios murciélago, Camazotz, tiene poder para curar cualquier enfermedad, pero también poder para cortar el cordón plateado de la vida que une el cuerpo al alma.

 

Entre la angelología azteca existe una diosa del parto llamada Tlazolteotl. Estas diosas y dioses son ángeles del Cristo, puros y perfectos. Tlazolteotl, la diosa del parto, es un Gran Maestro de la Logia Blanca que visto clarividentemente parece un hermoso adolescente lleno de vida. El Maestro Tlazolteotl usa siempre un bello manto azul y su rostro resplandece con el sonrosado color de la aurora. Tlazolteotl es el jefe de un grupo de ángeles que trabajan intensamente ayudando a las mujeres en el parto.

 

Tlazolteotl controla las aguas de la vida universal. Tlazolteotl controla el líquido amniótico entre el cual se gesta el feto. Tlazolteotl controla todos los órganos femeninos relacionados con el embarazo y puede, por lo tanto, precipitar las aguas, dirigir el mecanismo de ciertos órganos y manipular las leyes que rigen la mecánica del parto natural.

Aquellos que tengan enfermos sus órganos sexuales deben invocar a Tlazolteotl para que les ayude. Tlazolteotl vive en el Edén (plano etérico o región de los campos magnéticos de la Naturaleza). Toda madre puede invocar al Maestro Tlazolteotl en el momento crítico del parto. “Pedid y se os dará; golpead y se os abrirá”.

 

En las dimensiones superiores de la naturaleza existen muchos paraísos de felicidad. Numerosas deidades rigen tales Edenes o Reinos. Podemos recordar las espléndidas pinturas halladas en el Templo de Teotihuacan que vienen a demostrarnos la firme creencia en el “Tlalocan”, el famoso Paraíso de Tlaloc.

 

La doctrina secreta de Anahuac enseña que existen trece cielos, y afirma solemnemente que en el más alto de éstos viven las almas de los niños que fallecen antes de tener uso de razón. Dice la doctrina del México antiguo que esas almas inocentes esperan a que se destruya la presente humanidad en el gran cataclismo que se avecina, para reencarnar en la nueva humanidad.

 

En el Tíbet milenario, el Bardo Thodol guía a los difuntos que deseen liberarse para no regresar a las amarguras de este mundo. En la tierra sagrada de los faraones muchas almas lograron escaparse de esta cloaca de Samsara después de haber trabajado en la disolución del Ego.

 

Terribles pruebas aguardan a los difuntos que no desean retornar a este mundo; cuando salen victoriosos ingresan a los ya citados reinos suprasensibles. En esas regiones son instruidos y auxiliados antes de sumergirse dichosos como niños inocentes en el Gran Océano, Muchas de esas almas volverán en la Edad de Oro, después del gran cataclismo, para trabajar en su autorrealización íntima.

 

Incuestionablemente, resulta inteligente saberse retirar a tiempo, antes de que concluya el «ciclo de existencias». Es preferible retirarse de la «escuela de la vida» antes que ser expulsado; la involución sumergida dentro de las entrañas de la Tierra, en el tenebroso Tártarus, ciertamente es muy dolorosa. Esta es la suerte que aguarda a las almas que concluyen cualquier período de manifestación sin haberse liberado. Quienes no han sido elegidos por el Sol, o por Tlaloc, —dicen los aztecas—, van simplemente al Mictlán y ahí esas almas padecen espantosas pruebas mágicas al pasar por los infiernos. Posteriormente, esas almas descansan ingresando a los paraísos elementales de la naturaleza; entonces inician nuevos procesos evolutivos que han de comenzar por el reino mineral, proseguir en el vegetal, continuar en el animal y culminar en el estado humanoide que otrora se perdiera.

Las almas que después de la muerte no descienden a los Mundos Infiernos, ni tampoco ascienden al «Reino de la Luz», ni al «Paraíso de Tlaloc», ni al «Reino de la Eterna Concentración», etc., se regresan o retornan de forma mediata o inmediata a un nuevo cuerpo físico.

Las almas elegidas por el sol o por Tlaloc gozan mucho en los Mundos Superiores antes de retornar al Valle del Samsara.

 

Finalmente como el legado más conocido de la cultura azteca, analizaremos el conocido universalmente como Calendario Azteca o Piedra del Sol, ya que fue dedicado a esta deidad. Fue grabado en un gigantesco monolito de basalto que pesa cerca de 25 toneladas, en un diámetro de 3’60 metros. Fue hallado, enterrado, en la esquina Sureste del Zócalo o plaza principal de la ciudad de México, el 17 de diciembre de 1760, siendo virrey de la Nueva España Don Joaquín de Monserrat. Actualmente se encuentra en el Museo Nacional de Antropología e Historia.

 

Incuestionablemente, la Piedra del Sol, el famoso calendario azteca, es una síntesis perfecta de ciencia, filosofía, arte y religión.

En el centro, Tonatiuh, el Verbo de San Juan, el Logos o Demiurgo creador del universo, con su lengua triangular de fuego, es el Niño de Oro de la Alquimia sexual, el Sol espiritual de la Media Noche, el Águila que asciende, el resplandeciente Dragón de Sabiduría, y se representa por el brillante astro que nos da vida, luz y calor. Decorado a la manera nahua aparece glorioso en el centro de la gran piedra solar.

 

A los lados del «gran rostro» aparecen sus manos armadas de garras de águila estrujando humanos corazones. Alrededor de la figura del Verbo mexicano se puede ver cincelada en grandes dimensiones a la fecha «4 temblor», día en el que ha de concluir nuestro actual quinto sol por el fuego y los terremotos. En los rectángulos maravillosos del signo «temblor» están esculpidas las fechas en las que perecieron los soles anteriores.

 

En la parte inferior del calendario dos xiuhcoatl, serpientes de fuego, caídas de cabeza se encaran. En sus fauces asoman las caras de dos personajes. El de la derecha tiene la misma corona, la misma nariguera y las mismas orejeras que Tonatiuh. Este doble personaje es Quetzalcoatl caído en el plano físico. Está unido por su lengua de pedernal a su comparte o igual, Cihuacoatl, que porta bezote y se cubre la cara con un velo. Ellos son los caídos Adam y Eva por la trasgresión de la Ley de Dios: No fornicar.

 

Los nahuas, para transmitirnos su filosofía sólo contaban con ha escritura ideográfica, motivo por el cual tenían que tallar muchas esculturas para hablar, en cada una de ellas, de los atributos de la Pareja Divina, Padre y Madre de los dioses y los hombres.

 

Las lenguas de pedernal de las xiuhcoatl, símbolo de luz, de sabiduría y de conciencia, que unen a los dos personajes, simbolizan que éstos son uno mismo, que son los eternos pares de opuestos de la naturaleza, que son la Serpiente emplumada que, refulgente cual el rayo, duerme enroscada en la glándula humana del coxis —fuego sagrado e invisible para la ciencia oficial— y que al ser despertada silba y se yergue como herida por un bastón para ascender a lo largo del canal medular, asiento de los siete centros psíquicos —chakras—principales del hombre que, al ser atravesado por ella, se vivifican y vuelven hacia arriba sus corolas de fuego que antes se encontraban caídas y marchitas.

 

Tonatiuh, el Padre. Quetzalcoatl, el caído fuego del Espíritu Santo en espera de ser levantado por el Hijo de la raza azteca.

 

Los corazones entre garras felinas simbolizan a «la muerte del Iniciado». Trasformado en tigre, Quetzalcoatl sube desgarrando el corazón de quien lo despierta hasta matar en él a todas las ilusiones de la personalidad, a todo apego por las cosas que lo atan a la Tierra. Realmente son necesarias la sagacidad y la fiereza del tigre para matar a la personalidad humana y hacer que resplandezca en el hombre el Dragón de Sabiduría de 7 serpientes, símbolo del decapitado.

 

Las garras felinas de Quetzalcoatl, nuestro Intimo, hacen presa del corazón humano para libertarnos de los cuatro cuerpos de pecado y llevarnos a la dicha inefable de la unidad con Dios. La lanza de Longinus hiere al corazón humano y éste sangra dolorosamente por el arrepentimiento. Se necesita de la más perfecta santidad para que el hombre recobre su heredad perdida.

 

Quetzalcoatl es el Dios interno de los aztecas. Sus garras se clavan en el corazón del iniciado para devorarlo. El neófito recibe la Cruz de la Iniciación en el corazón (templo del sentimiento). A las realizaciones cósmicas se llega por el camino del corazón, no por el camino del intelecto.

 

El binario serpentino en el México prehispánico es ciertamente algo que nos invita a la reflexión.

 

Las dos serpientes ígneas o xiuhcoatls, que graciosamente rodean al Sol en el calendario azteca, también rodeaban al Templo mayor de la gran Tenochtitlan y formaban el famoso Coatepantli o «muro de serpientes».

 

Binarios serpentinos, ya danzando exóticamente debidamente enroscados en la mística figura del Santo Ocho, ya en forma encadenada formando círculo al estilo maya, etc., nos están indicando algo misterioso, extraordinario y mágico.

 

En el doble carácter esotérico de la serpiente, distíngase entre la serpiente tentadora del Edén y la Serpiente de bronce que sanaba a los israelitas en el desierto; entre la horripilante Pitón que se arrastraba entre el lodo de la tierra y que Apolo, irritado, hirió con sus dardos y esa otra que ascendía por la vara de Esculapio, el Dios de la Medicina.

Cuando la Serpiente ígnea de nuestros mágicos poderes asciende por el canal medular espinal del organismo humano es nuestra Divina Madre Kundalini.

 

Cuando la serpiente ígnea baja proyectándose desde el hueso coxígeo hacia los infiernos atómicos del hombre, es el abominable órgano kundartiguador.

 

La yoga indostánica hace exhaustivos análisis sobre ese Fuego serpentino anular (Kundalini) que se desarrolla ascendente en el cuerpo del asceta, empero muy poco dice sobre la serpiente descendente o «cola demoníaca», cuya fuerza eléctrica mantiene en trance hipnótico a toda la humanidad doliente.

 

Tan pronto como el pobre animal intelectual despierta, aunque sólo sea por un instante fugaz, y abre los ojos ante el crudo realismo de la vida, de inmediato el formidable poder hipnótico de la serpiente terrible del abismo vuelve a la carga con fuerza multiplicada y la infeliz víctima cae dormida otra vez, soñando que está despierta o a punto de despertar.

Solamente el gnóstico sincero, que comprende íntegramente la dificultad de despertar conciencia, sabe que esto último sólo es posible a base de trabajos conscientes y padecimientos voluntarios.

 

La gran víbora infernal conoce todo el «modus operandi» de la imaginación mecánica. (Jamás nos pronunciaríamos contra lo diáfano o translúcido, que es conocido como imaginación objetiva, consciente.) La culebra abismal, mediante la imaginación mecánica, que es su agente primordial, trabaja de acuerdo con los intereses de la naturaleza y nos mantiene sumidos en el estado de trance hipnótico profundo.

Mediante los mecanismos de la fantasía justificamos siempre nuestras peores infamias, eludimos responsabilidades, buscamos escapatorias, nos autoconsideramos, nos autocalificamos de la mejor manera, nos creemos justos y perfectos.

 

Cabe pensar que hay fuerzas para las cuales es útil y provechoso mantener al mamífero racional en estado de sueño hipnótico e impedirle que vea la verdad y comprenda su posición en la vida.

Ostensiblemente, la mayoría de nosotros encuentra tales excusas, y está de tal modo bajo la necia y sutil actividad de la justificación del mí mismo con la complicidad de la imagen mecánica, que en realidad jamás sospecharía la existencia íntima de sus muy naturales errores psicológicos...

 

Por ejemplo, si somos crueles con la esposa, hijos, parientes, etc., en realidad lo ignoramos...

 

Lo más grave es que permitimos que esta situación prosiga, sobre todo porque nos gusta y es tan fácil, y si nos acusan de crueldad, probablemente sonreiremos pensando que no comprenden nuestra justicia, nuestra misericordia y amor infinito...

 

Estamos metidos entre los horripilantes anillos de la gran Serpiente, pero nosotros nos creemos libres.

 

Quienes no consigan ser devorados por la Serpiente Kundalini será tragados por la pavorosa serpiente Pitón.

 

Eso que uno lleva en la carne, en la sangre y en los huesos, es definitivo, y rebelarse contra eso resulta espantoso. La doctrina de la aniquilación budista es fundamental. Necesitamos morir de instante en instante; sólo con la muerte adviene lo nuevo.

 

Es necesario aclarar que cuando la poderosa civilización de Anahuac estaba en el cenit de su gloria, los sacrificios humanos, que tanto espantan a los turistas, brillaban por su ausencia, no existían.

 

Indubitablemente, toda civilización que agoniza termina con un baño de sangre, y México en modo alguno podría ser una excepción. Quienes hayan estudiado Historia Universal no ignoran esto al recordar a Roma, Troya, Cartago, Egipto, Persia, etc, etc, etc.

 

Los antropólogos profanos, utopistas en un ciento por ciento, basados en meros racionalismos subjetivos, han lanzado hipótesis absurdas. Quienes suponen, por ejemplo, que los Dioses de Anahuac, o los Dioses Toltecas, Zapotecas, etc. eran meramente «ídolos», se hallan perfectamente equivocados. Los Nahuas no era tan ignorantes como suponen los extranjeros que huyeron de Europa, en realidad de verdad, en la gran Tenochtitlan se rindió siempre culto a los ángeles del cristianismo, a los Elohim.

 

 

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