CIAG 

Círculo de Investigación de la Antropología Gnóstica

 

Círculo de

Investigación de la

Antropología

Gnóstica

...

 LA CIENCIA DEL SHAMADI

 

INTRODUCCIÓN:

 

En cierta ocasión preguntó Dhruva a su madre Suniti:

 

“Dime, madre, ¿quién es Dios y dónde puedo encontrarlo?”

 

“Dicen que es el de los 'ojos de loto'. Sólo Él es capaz de destruir toda miseria y satisfacer todos los anhelos. Aquellos que se refugian en Él con todo el corazón y el alma, reciben su gracia pero no es fácil alcanzarle. Los Yoguis lo encuentran en sus corazones a través de la meditación."

 

Dhruva escuchó atentamente las palabras de su madre y en su corazón determinó ser un Yogui. Él quería encontrar a Dios, pero ¿quién podía enseñarle las prácticas del Yoga?

 

Dicen que la luz está en el interior de nuestros corazones, cubierta por la oscuridad, y que sólo puede ser revelada por un alma que ha descubierto su propia luz. Tal alma es el verdadero maestro. Dhruva entonces decidió buscar a alguien cualificado que pudiera enseñarle cómo encontrar a Dios, el de “ojos de loto.”

 

Narada, el gran sabio, mientras se comunicaba con Dios, había sentido la sed del alma en el sencillo muchacho Dhruva. Él sabía que el muchacho anhelaba sinceramente a Dios y que necesitaba ayuda. Narada, fue a buscar a Dhruva para enseñarle el camino hacia Dios.Cuando hubo encontrado al muchacho lo bendijo. Al principio intentó disuadirlo del camino y para probar su seriedad le dijo:

 

“Hijo mío, tú eres muy joven, debes disfrutar de la vida y de los placeres del mundo. El camino de Dios es difícil de seguir. Los Yoguis deben esforzarse en él olvidando todos los placeres de la vida durante muchos, muchos años e incluso durante muchas vidas. Así, pues, ¿por qué no renuncias a esta vana búsqueda? Vuelve a tu casa y vive una buena vida, disfruta con la asociación de grandes hombres, se bueno y simpatiza con todos. Sigue esta sencilla enseñanza y serás feliz. Después cuando llegue la vejez, dedícate a la meditación.”

 

Dhruva expresó su gratitud al bondadoso sabio, pero añadió humildemente:

 

“Oh reverendo gran señor, deseo el más alto nivel, la realización del supremo fin de la vida, deseo encontrar a Dios. Por favor enséñame el camino.”

 

Narada le explicó:

 

“Hijo mío, tú estás verdaderamente decidido. Benditos son aquellos que se dedican a la alabanza de Dios. Todos los anhelos de sus corazones encontrarán satisfacción y alcanzarán la más alta libertad.”

 

Narada, después lo inició en el sagrado comino del Yoga. Le enseñó el Pranayama, que constaba de tres partes: respiración, aspiración y sostener la respiración. Señaló cómo esta práctica de la respiración podía ayudar a proporcionar control sobre el Prana y los sentidos, y cómo la mente, una vez libre del desasosiego, llegaría a ser la apropiada para la práctica de la meditación.

 

Cuando Dhruva hubo dominado estas prácticas, Narada le enseñó cómo meditar.

 

El ideal de Dios escogido por Dhruva fue Vishnu o Vasudeva. Narada le enseñó cómo meditar en Vishnu, en el profundo santuario de su corazón. “Siente tú mismo su adorable presencia, siente su amor, su protección, y su dirección.” Después le dio el sagrado mantram “OM, Bhagavata Vasudevaya”, y le dijo:

 

“Repite este nombre mentalmente y ofrece alabanza y oración al Señor con este mantram. Visualiza a Vasudeva en el interior de tu propio corazón, en todas las cosas y en todos los seres. Dedícate firmemente al culto de Dios y conocerás la única Verdad de esta vida.”

 

Narada, después, aconsejó a Dhruva ir a Madhuvana, un lugar retirado sobre la orilla del sagrado Yamuna, para practicar la meditación en esa apartada y sagrada atmósfera en la que Dios está más manifiesto. El príncipe Dhruva se postró a los pies de su maestro y partió hacia Madhuvana.

 

Narada, satisfecho en el corazón, fue a visitar al rey Uttanapada, que nada más verle le dijo:

 

“Oh reverendo maestro, mi corazón ha llorado con inquietud anhelando a mi hijo Dhruva. Ahora no sé dónde está y mi corazón está lleno de tristeza.”

 

Sintiendo su dolor, Narada lo confortó así:

 

“No desesperes. Tu hijo está sano y salvo. Está bajo la protección divina y ningún mal le acontecerá. Su fama se extenderá a lo largo y ancho, y cuando vuelva al final a ti, compartirás la gloria de su nombre.”

 

Estas palabras de los labios del hombre santo devolvieron la paz al corazón del angustiado rey.

 

Mientras tanto, Dhruva estaba en Madhuvana practicando con mucho fervor. Durante los primeros días sintió inquietud en su espíritu, pero pronto obtuvo control sobre su mente y halló alegría en la meditación. Hizo tal progreso que, al quinto mes, se elevó sobre toda conciencia física. Ignoraba al mundo circundante, su mente estaba absorta en el pensamiento de Brahman.

 

Al sexto mes alcanzó una meditación todavía más profunda. Velo tras velo de ignorancia y oscuridad caían. Contempló la luz divina, los seres divinos, su ideal predilecto: Vasudeva sonriente, benigno en el santuario de su corazón. La experiencia fue tan real, la presencia divina tan intensa, que el mundo del sentido desapareció en repente. La felicidad de Dhruva era inexplicable, para él la inmanencia radiante de Dios era todo.

 

Sin embargo este Samadhi no perduró, pronto se despertó y, mientras abría los ojos, vio ante él a Vasudeva, el mismo rostro de Dios que había visto en el interior de su corazón. El corazón de Dhruva se fundió en amor y, en la plenitud de su alegría, cantó estas alabanzas al Señor:

 

Oh tú, gran amigo del pobre y del desamparado,

Tú eres el refugio de todo;

Tú nos libras del círculo del nacimiento y la muerte.

¡Que siempre pueda amarte! ¡Que siempre pueda ser uno en esa bendita compañía de los puros que te han amado!

Tú eres el infinito Brahman,

Inalterable, inigualable, sin principio ni fin.

Tu forma es Éxtasis;

Tú eres el supremo fin; en Ti me refugio.

 

Entonces, el Señor le habló desde su interior:

 

“Conozco tu corazón, hijo mío. Tú deseaste ser un rey. Se que gobernarás el reino de tu padre por muchos años. Después de tu tiempo de vida asignado en la Tierra, irás a ese lugar en el paraíso llamado esfera celestial, donde los dioses y los ángeles y las estrellas giran alrededor continuamente cantando mis alabanzas y mi gloria. Tú estarás en el centro de esa esfera y serás conocido como Dhruva Nakshatra, la estrella polar.”

 

Y diciendo esto, el Señor desapareció de su visión.

 

Dhruva sintió tristeza en el corazón, recordó que en una ocasión había deseado el amor de su padre y sus derechos como heredero del reino, pero ahora había aprendido qué triviales eran esas cosas comparadas con su felicidad espiritual. Pensó que había sido como aquel que cava un pozo para satisfacer otra cosa que no fuera amar y servir a Dios.

Después se tranquilizó y, obedeciendo la voluntad del Señor, se dirigió hacia el reino de su padre.

 

Cuando el rey Uttanapada supo la noticia del regreso de su hijo convocó a toda la familia y a numerosos sirvientes y, con carruajes decorados vistosamente y entre gran pompa y ceremonia, salieron a su encuentro para recibirle.

 

Más tarde, cuando Dhruva hubo alcanzado la edad apropiada, su padre lo sentó en el trono y despidiéndose, ahora el rey, de sus amados súbditos, se retiró en soledad para dedicar la última etapa de su vida a la contemplación de Dios.

 

Un día, mientras el joven hermano de Dhruva estaba cazando, fue asesinado por un Yaksa. Cuando Dhruva se enteró de la muerte de Uttama, colérico, declaró la guerra a los Yaksas, gobernados por Kubera, el dios de la riqueza y regente del Norte.

 

Duraba todavía la guerra y muchos Yaksas habían sido ya muertos, cuando Manu, abuelo de Dhruva, acompañado por otros santos, le rogó a Dhruva que abandonara la lucha y dejara de seguir asesinando a los inocentes Yaksas. Así le habló Manu:

 

“¿Por qué luchas de este modo? A causa del dolor por la pérdida de tu hermano has perdido el dominio de tus pasiones. ¿Por qué te dueles por alguien que no está realmente muerto? Los cuerpos tienen un principio y un fin, pero el alma es inmortal.

Alcanzaste conocimiento y poder a través de tu devoción a Dios, pero todavía te queda algo de ignorancia. Ves todavía diferencia y no la unidad de la que está impregnado todo. Busca la más alta verdad y encuentra a Dios, el Ser divino, en todos los seres y en todas las cosas.”

 

Mientras Manu le recordaba esta verdad, Dhruva vio desaparecer toda su cólera. Cesó de luchar contra los Yaksas y su corazón se llenó de amor por todo. Cuando Kubera, el jefe de los Yaksas, se enteró de la decisión de Dhruva, fue ante él y le ofreció su amistad. Kubera tenía poder para satisfacer los deseos de los hombres, y así se lo hizo saber a Dhruva.

 

Dhruva replicó:

 

“Si satisfacer el deseo de mi corazón te complace, concédeme este favor: que siempre pueda pensar en Dios, porque sólo viviendo en la conciencia de Dios puede el hombre verse libre de los engaños del mundo.”

 

Kubera le concedió el ruego antes de marcharse.

 

Después de un período de pacífico reinado, Dhruva renunció al trono a favor de su hijo Utkala y, deseando recuperar aquella sublime experiencia de su juventud en la que había conocido su indisoluble unidad con Dios, se alejó al santo retiro de Badarika en los Himalayas. Allí, en soledad, meditó sobre Dios, y volvió a perder la conciencia del múltiple y finito universo.

 

Cuando Dhruva recobró su conciencia normal intuyó que estaba próximo el tiempo de abandonar su cuerpo físico. De pronto, vio en visión un luminoso carro descendiendo del Paraíso. Todo a su alrededor se iluminó con un resplandor. Dos seres celestiales, siervos del Señor Vishnu, descendieron del carro y se dirigieron a Dhruva diciéndole:

 

“Hemos sido enviados por el Señor Vishnu, para llevarte a su morada.”

 

Dhruva se inclinó ante ellos, recitó el nombre del Señor Vishnu y, abandonando su forma terrenal subió al carro. En su ascensión oyó cantos y alegrías a su alrededor.

 

Dhruva fue llevado a la esfera celestial y, como le había prometido el Señor, se convirtió en la estrella polar, la guía de todos los hombres en todos los tiempos.

 

Conferencia; La ciencia del Samadhí

 

El estudio de sí mismo, la serena reflexión, es obvio que en última instancia concluye en la quietud y en el silencio de la mente. Cuando la mente está quieta y en silencio, no sólo en el nivel superficial, intelectual, sino en todos y cada uno de los 49 departamentos subconscientes, adviene entonces lo nuevo, se desembotella la Esencia, la Conciencia, y viene el despertar del Alma, el Éxtasis y el Samadhi.

 

La práctica diaria de la meditación nos transforma radicalmente. Las gentes que no trabajan en la aniquilación del Yo viven mariposeando de escuela en escuela, y no encuentran su centro permanente de gravedad, mueren fracasados sin haber logrado la Autorrealización de la Esencia.

 

Concentración, Meditación y Samadhi son los tres caminos obligatorios de la iniciación. En Oriente los tres caminos son llamados Samyasi sobre cada uno de nuestros vehículos. La meditación reviste tres fases: Concentración, Meditación y Samadhi.

 

Concentración: significa fijar la mente en una sola cosa.

Meditación: significa reflexionar sobre el contenido sustancial de la cosa misma.

Samadhi: es Éxtasis o arrobamiento.

 

Un maestro del Samadhi penetra en todos los planos de Conciencia, y con el Ojo de Dagma escudriña todos los secretos de la sabiduría del fuego. Es urgente que los gnósticos aprendamos a funcionar sin vehículos materiales de ninguna especie, para que perciban con el Ojo de Dagma todas las maravillas del Universo. Así es como podremos llegar a ser maestros del Samadhi.

 

Para llegar a ser Maestro del Samadhi es urgente cultivar una rica vida interior. El gnóstico que no sabe sonreírse tiene tan poco control como aquél que sólo conoce la carcajada de Aristófanes.

 

Hay que adquirir un completo control de sí mismo. Un iniciado puede sentir la alegría pero jamás caería en el frenesí de la locura. Un iniciado puede sentir tristeza pero jamás llegaría hasta la desesperación, aquél que se desespera por la muerte de un ser querido todavía no sirve para iniciado, porque la muerte es la corona de todos.

 

El principio, la BASE, el fundamento vivo del Samadhi, consiste en un previo conocimiento introspectivo de sí mismo. Introvertirnos es indispensable durante la meditación de fondo. Debemos empezar por conocer profundamente el estado de ánimo en que nos encontramos antes de que aparezca en el intelecto cualquier forma mental. Resulta URGENTE comprender que todo pensamiento que surge en el entendimiento es siempre precedido por dolor o placer, alegría o tristeza, gusto o disgusto. Las personas inconstantes, volubles, versátiles, tornadizas, sin firmeza, sin voluntad, jamás podrán lograr el Éxtasis, el Satori, el Samadhi.

 

Los yoguis de la India practican las diferentes técnicas de Concentración, Meditación y Samadhi, como medio para poder fusionarse con la divinidad interior, con el Ser. Los estudiosos hindúes dicen que el Raja Yoga se divide en ocho etapas, grados o trechos del sendero, conviene a saber:

 

1) Yama.

2) Niyama.

3) Asana.

4) Prânâyâma.

5) Pratyâhâra.

6) Dhârâna.

7) Dhyana.

8) Samadhi.

 

Yama consiste en no matar, ni hurtar, ni mentir, ni fornicar y no recibir dádivas. Esta es la primera parte o parte ética que todo chela (discípulo) debe desarrollar plenamente (equiparando esta cuestión en el cristianismo, al cumplimiento de los 10 mandamientos).

 

Niyama equivale a la pureza, contento, rectitud, estudio y completa entrega a Dios. Esta parte es mas avanzada y naturalmente implica una mayor acción. Es en la parte donde el chela se integra y fusiona con las sagradas enseñanzas y por consiguiente se dedica la estudio, investigación, análisis, etc.

 

Asana es la posición o postura corporal en que se ha de colocar el ejercitante. Bien se sabe que si no conseguimos el dominio del cuerpo físico no puede haber ningún avance en la meditación. Las personas inquietas, volátiles, inconstantes, victimas de las apetencias del cuerpo físico fracasan inevitablemente.

 

Pranayama es el gobierno o regulación del aliento. El Maestro Samael como maestro de la Ciencia del Samadhi ha entregado en su vasta obra múltiples pranayamas que podemos usar.

 

Pratyahara es el desasimiento de los sentidos de los objetos de sensación. Este estado es fundamental, y representa el abandono de los sentidos sensoriales para lograr el objetivo. En este estado el cuerpo físico y la mente deben estar en armonía, relajado y sin proyecciones de pensamientos, ideas, apetencias, etc., con el fin que se persigue, la percepción de las cuestiones metafísicas, la conexión con la cosa u objeto en sí, no con la apariencia.

 

Dharana consiste en fijar la mente en determinado objeto. En este estado conseguimos la perfecta concentración.

 

Dhyana, equivale a meditación. Mediante este estado adquirimos información gracias a la plenitud de la Conciencia.

 

Samadhi es el Éxtasis o estado de Superconciencia. Este es el estado de los grandes Iniciados o Maestros de la Gran Fraternidad Universal. En este estado no existen límites de investigación.

 

Nosotros tenemos cinco sentidos y nuestro prana actúa en determinada escala de vibración. Percibiremos a todos los seres que vibren en los diversos tonos de dicha escala, pero no percibiremos a los que vibren en tonos más bajos o más altos que los de nuestra escala.

 

Nuestra potencia visual no alcanza a percibir las muy rápidas vibraciones de la luz, pero puede haber seres dotados de ojos capaces de percibir estas altas vibraciones. Tampoco es capaz nuestra potencia visual de percibir las vibraciones muy lentas de la luz, que para nosotros son obscuridad; y sin embargo, hay animales como los gatos y los búhos que ven donde el hombre no puede ver.

 

Nuestra escala visual no va más allá de un plano de las vibraciones de la modalidad lumínica de prana. Las capas atmosféricas cercanas al suelo terrestre son más densas que las superiores y según ascendemos se disminuye su densidad.

 

En el mar la presión del agua aumenta a medida que descendemos, y los peces abismales estallarían en añicos si se les colocara en la superficie. Imaginemos el universo como un océano de capas superpuestas de materia de diferente grado de vibración según la mayor o menor influencia de prana que vibra en distintos tonos correspondientes a la relativa sutilidad o densidad de las capas.

Los seres que vivan en un mismo plano de vibración se percibirán mutuamente, pero no percibirán a los residentes en planos de diferente tónica vibratoria. Pero así como por medio del telescopio y el microscopio puede el hombre ordinario ampliar su potencia visual, así por medio del Raja Yoga puede el ejercitante colocarse en una tónica vibratoria superior o inferior a la de su propio plano y percibir los fenómenos de otros mundos.

 

El yogui capaz de transmutar su tónica vibratoria y ponerla en más alto o más bajo diapasón, pierde de vista el mundo físico y actúa conscientemente en el mundo o plano en que es normal la tónica vibratoria en que se ha colocado. Cuando las vibraciones son más altas que las de la escala normal del plano físico, se coloca el yogui en el estado de Superconciencia a que se llama Éxtasis o Samadhi, del cual hay varios grados. En el grado superior de Samadhi, se ven las cosas como realmente son y se perciben los seres que moran en los planos superiores.

 

Siempre que el hombre trata de investigar algo oculto o misterioso, se esfuerza, aunque de ello no se dé cuenta, en adquirir el dominio de prana, y doquiera veamos una extraordinaria ostentación de poder, hay dominio de prana.

 

Hasta en las ciencias físicas se manifiesta la acción de prana. El vapor de agua que mueve la locomotora no es más que materia gaseosa animada por la modalidad de prana llamada energía mecánica.

 

De la propia suerte, el pensamiento es la vibración de la materia mental animada por la modalidad de prana llamada energía mental. La energía mecánica está dominada por la ciencia física. La energía mental está dominada por la Ciencia del Raja Yoga. Para llegar al estado de Superconciencia de una manera normal, es preciso pasar por las descritas etapas del Raja Yoga.

 

El conjunto de los tres estados de Dharana, Dhyana y Samadhi constituyen lo que se denomina en sánscrito Samyama, o sea, es cuando la mente se concentra en un objeto y es capaz de mantenerse así concentrada durante largo rato y escudriñar el interno significado del objeto en que se mantiene concentrada, prescindiendo de su externa percepción. Este meditativo estado es el superior a que puede llegar el hombre en la vida. Mientras haya deseo no es posible la verdadera felicidad, pues sólo el examen contemplativo del objeto produce felicidad.

 

A la concentración ha de seguir la meditación. Cuando la mente está acostumbrada a mantenerse fija en un solo punto interno o externo, tiene la facultad de pensar sin interrupción en el objeto en que se fija; y cuando este continuo pensamiento se aplica al significado interno del objeto, prescindiendo de su percepción externa, se llama Samadhi o Superconciencia.

 

Continuando con esta cuestión de terminología, señalemos también la impropiedad que hay en traducir Samadhi por "Éxtasis"; esta última palabra es tanto más fastidiosa cuanto que es empleada normalmente, en el lenguaje occidental, para designar estados místicos, es decir, algo que es de muy otro orden y con lo cual importa esencialmente evitar toda confusión.

 

Por otra parte, Éxtasis significa etimológicamente "salir de sí mismo" (lo que conviene bien al caso de los estados místicos), mientras que lo que designa el término de Samadhi es, al contrario, el "retorno del Ser" a su propio Espíritu. Cuando uno recupera su naturaleza real y, por tanto, se realiza, se obtiene la tan ansiada libertad interior, como quiera que a ésta se le designe: Nirvikalpa-Samadhi, Nirvana, Iluminación, etc...

 

La Ciencia del Samadhi es imprescindible, es una senda hacia la “liberación definitiva”, y la persona que alcanza esa suprema meta es denominada un «liberado viviente», pues ha puesto término a la ignorancia, la avidez, el odio y el miedo.

 

El Maestro Samael ilustra las posibilidades del Samadhi con esta experiencia mística y directa:

 

Me viene a la memoria en estos instantes cierto experimento, dijéramos esotérico, realizado hace ya muchos años. Entonces, sumergido en profunda meditación, logré ciertamente el Samadhi, o Éxtasis como se le denomina en esoterismo occidental.

 

Deseaba yo por aquella época saber algo sobre el bautismo de Jesús el Cristo, que bien sabemos que Juan le bautizó. Fue profundo el estado de abstracción, logré el perfecto Dharana, o sea, concentración; el Dhyana , Meditación, y al fin conseguí el Samadhi; yo me atrevería a decir que fue un Maha-Samadhi, porque abandoné perfectamente los cuerpos físico, astral, mental, causal, búdhico y hasta el átmico. Conseguí pues, retrotraer mi Conciencia en forma íntegra hacia el Logos.

 

Así pues, en ese estado logoico, como un dragón de sabiduría, hice la correspondiente investigación; de inmediato me vi en la Tierra Santa, dentro de un templo; pero, cosa extraordinaria, me vi a mí mismo convertido en Juan el Bautista, con una vestidura sagrada; vi cuando a Jesús lo traían con su vestidura blanca, su túnica lanca, dirigién-dome a Él, le dije: “Jesús, desvístete de tu túnica, de tu vestidura, porque voy a bautizarte.

 

Después saqué de un recipiente un poco de aceite de oliva, le conduje al interior del Santuario, lo ungí con aceite, le eché agua, recité los Mantrams o ritos. Posteriormente, el Maestro se sentó en su silla aparte; yo guardé todo nuevamente, lo puse en su lugar y di por terminada la ceremonia. ¡Pero yo me vi a mí mismo convertido en Juan!.

 

Claro, una vez pasado el Éxtasis, Samadhi: “Pero ¡cómo va a ser posible que yo sea Juan el Bautista!”, me quedé perplejo y dije: “Voy a hacer ahora otra concentración, pero ahora no me voy a concentrar en Juan, voy a concentrarme en Jesús de Nazareth.” Entonces escogí como motivo de la concentración al Gran Maestro Jesús. El trabajo fue largo y dispendioso, la concentración se fue haciendo cada vez más profunda; pronto pasé de Dharana, concentración, al Dhyana, meditación; del Dhyana pasé posteriormente al Samadhi, o sea, al Éxtasis.

 

Hubo un esfuerzo supremo que permitió desvestirme de los cuerpos físico, astral, mental, causal, búdhico, átmico, hasta retrotraer mi Conciencia, absorberla en el mundo del Logos Solar, y en tal estado, queriendo saber sobre el Cristo Jesús, me vi a mí mismo convertido en Cristo Jesús, haciendo milagros, maravillas en la Tierra Santa, curando los enfermos, dando vista a los ciegos, etc., etc., y por último, me vi vestido con la vestidura sagrada, llegando ante Juan en aquel templo; entonces Juan se dirigió a mí y me dice:“Jesús, quítate tu vestidura, porque voy a bautizarte”. Se cambiaron los papeles, ya no me vi convertido en Juan, sino en Jesús, y recibí el bautismo de Juan.

Pasando el Samadhi, regresando al cuerpo físico, vine perfectamente a evidenciar con toda claridad que en el mundo del Cristo Cósmico todos somos uno.

 

Si hubiera querido meditar en cualquiera de ustedes, allá en el mundo del Logos, me hubiera visto convertido en cualquiera de ustedes, viviendo la vida de ustedes, ya que allí no hay individualidad, no hay personalidad ni Yo; allí todos somos el Cristo, allí todos somos Juan, allí todos somos el Budha, allí todos somos uno; en el mundo del Logos no existe la individualidad separada. El Logos es Unidad Múltiple Perfecta, es la energía que bulle y palpita en todo lo creado, que subyace en el fondo de todo átomo, de todo electrón, de todo protón, y se expresa vivamente a través de cualquier hombre que esté debidamente preparado.

 

Con el proceso del Samadhi despertamos nuestra Conciencia de este letargo milenario al cual hemos estado sometidos durante millones de años y podemos adquirir real sabiduría sin necesidad de afectar los poderes de la mente por el batallar de los razonamientos o con vanos intelectualismos.

 

Para poder llegar al Samadhi, a la experiencia de la Gran Realidad, se necesita antes que todo, aprendernos a relacionar no solamente con las distintas partes de nuestro propio Ser, que en nuestro interior cargamos, sino aun más, con la parte más elevada de nuestro propio Ser, es decir, con nuestro Padre que está en secreto, con el Anciano de los Días, con la Verdad de las Verdades, con lo Oculto de lo Oculto.

En cierta ocasión un swami (monje) indostaní formuló una exótica afirmación. Explicó aquel yogui ante su auditorio la necesidad del Hatha Yoga, como indispensable para alcanzar las alturas del Samadhi.

Dijo el Yogui que muchas personas no habían logrado nada en la meditación interna, a pesar de sus largos esfuerzos y entrenamiento diario. Conceptuaba el swami que esas clases de fracasos se deben a la exclusión del Hatha Yoga.

 

El gnosticismo disiente de esta afirmación del místico swami. Aquéllos que después de 10 a 20 años no han logrado iluminación con la práctica de la meditación interna, deben buscar la causa en falta de sueño, en la sabia combinación de los estados de concentración con el sueño.

 

Hay Hatha Yoga Tántrico en el Maithuna (Magia Sexual). Hay Raja Yoga práctico en el trabajo con los chacras. Hay Gnana Yoga en los trabajos y disciplinas mentales que desde hace millones de años cultivamos en secreto. Tenemos Bhakti Yoga en nuestras oraciones y rituales. Tenemos Laya Yoga en la meditación y ejercicios respiratorios. Hay Samadhi Yoga en nuestras prácticas con el Maithuna y durante las meditaciones de fondo. El sendero del Karma Yoga lo vivimos en la Recta Acción, en el Recto Pensar, en el Recto Sentir, etc.

 

El místico asceta gnóstico debe saber despertar la Conciencia para así, profundizar en la Ciencia del Samadhi, mas el proceso del despertar es lento, gradual, natural, sin hechos espectaculares, sensacionales, emocionales y bárbaros. Cuando la Conciencia ya ha despertado totalmente no es algo sensacional, ni espectacular. Es sencillamente una realidad tan natural como la de un árbol que lentamente creció, se desarrolló y desenvolvió sin sobresaltos y cosas sensacionales. Naturaleza es Naturaleza, y la Naturaleza no da saltos.

 

El estudiante gnóstico, al principio dice: estoy soñando. Después exclama: estoy en cuerpo astral, fuera del cuerpo físico. Más tarde logra el Samadhi, y penetra en los campos del Paraíso. Al principio las manifestaciones son esporádicas, discontinuas, seguidas de largos tiempos de inconsciencia. Más tarde, las alas ígneas nos dan la Conciencia continuamente despierta sin interrupciones.

 

El gnóstico debe alcanzar primero la habilidad de detener el curso de sus pensamientos, la capacidad de no pensar. Sólo quien logre esa capacidad podrá realmente escuchar La Voz del Silencio. Cuando el discípulo gnóstico alcanza la capacidad de no pensar, entonces debe aprender, en el segundo paso, a concentrar el pensamiento en una sola cosa. El tercer paso es la correcta meditación. Esta trae a la mente los primeros relámpagos de la nueva Conciencia. El cuarto paso es la contemplación, Éxtasis o Samadhi. Este es el estado de Turiya (aquél que posee la perfecta conciencia y la objetiva clarividencia).

 

El Maestro Samael habituado a ver las cosas del Ultra desde su tierna infancia siempre estuvo familiarizado con fenómenos paranormales de toda especie. Por ello jamás se inmutó ante los juguetones elementales, apariciones, fantasmas, voces del más allá, etc.

Cansado del vano intelectualismo se dedicó a la práctica seria y profunda de la meditación y –comenta el Venerable Maestro que– un día acostado sobre las arenas de la costa atlántica, se introdujo mediante la meditación en ese estado yóguico llamado en la India: Nirvikalpa-Samadhi. Durante ese estado metafísico tuvo la enorme dicha de hacer contacto con Atman, el Íntimo, el Espíritu o Maestro Interno de cada ser humano, y una vez establecido el contacto, se dispuso a servirle por la Eternidad.

 

En contacto con Atman –el Inefable, el Chesed hebraico– fue acrecentándose en la naturaleza del Maestro Samael, esa joya esotérica que podemos y debernos definir como «intuición». Esta singular facultad –la intuición–, es en verdad la comunicación íntima entre el Padre de todas las luces y el Alma Humana encarnada en este mundo de fatalidades continuas.

 

La experiencia de la unión del Alma Humana (Manas superior Indostánico o Tiphereth hebraico) con el Alma Espiritual (Buddhi indostánico o Geburah hebreo) acrecienta de manera insospechada la fuerza intuicional dándole al adepto una mayor lucidez mágica y en consecuencia mayor captación de los eventos cósmicos y esotéricos relacionados con su camino interior particular.

 

El Maestro Samael comentaba que, desgraciadamente, en el movimiento gnóstico sólo existían algunos pocos Turiyas. Hacemos esta aclaración. Es necesario saber que con alguna excepción muy rara, sólo existían seudo-clarividentes y místicos subjetivos.

 

Hay varias clases de Samadhi:

 

lº.-Samadhi del mundo Astral.

2º.-Samadhi del mundo Mental.

3º.-Samadhi del mundo Causal.

4º.-Samadhi Búdhico.

5º.-Samadhi del Íntimo.

6º.-Samadhi del Cristo.

 

En el primer Samadhi sólo entramos en el plano astral. Con el segundo Samadhi viajamos en cuerpo mental a través del espacio. Con la tercera clase de Samadhi podemos funcionar sin vehículos materiales de ninguna especie en el Mundo de la Voluntad. Con la cuarta clase de Samadhi, podemos viajar en Cuerpo Búdhico a través del espacio. Con la quinta clase de Samadhi podemos movemos sin vehículos de ninguna especie en el Íntimo, por entre el mundo de la Niebla de Fuego. Con la sexta clase de Samadhi podemos funcionar en el Cristo. Existe una séptima clase de Samadhi, para los grandes Maestros del Samadhi. Entonces podemos visitar los mismos Nucléolos sobre los cuales se fundamenta el Universo. Estos Nucléolos, hablando en forma alegórica, son los agujeros por donde podemos observar la terrible majestad del Absoluto.

 

El mismo Maestro Samael Aun Weor, refiriéndose al Absoluto dice lo siguiente:

 

Yo he experimentado directamente con el AIN SOPH en estado de meditación muy profunda.

 

Algún día, no importa la fecha ni la hora, logré ese estado que en el Indostán se conoce como Nirvi-Kalpa-Samadhi; entonces mi Alma se absorbió totalmente en el Ain Soph para viajar por el Espacio-Abstracto-Absoluto.

 

Mi viaje se inició en la glándula pineal y se continuó entre el seno profundo del espacio eterno. Y me vi a sí mismo más allá de toda galaxia de materia o de antimateria, convertido en un simple átomo auto-consciente.

 

¡Qué feliz! me sentía en ausencia del “Yo” y más allá del mundo y de la mente y de las estrellas y de las anti-estrellas. Aquello que se siente durante el Samadhi es inexpresable, sólo experimentándolo se comprende.

 

Y me entré por las puertas del templo, embriagado de Éxtasis, vi y oí cosas que a los “animales intelectuales” no les es dable comprender. Quería hablar con alguien, con algún sacerdote divino y es obvio que lo logré y así pude consolar mi adolorido corazón.

 

Cualquiera de esos tantos átomos auto-realizados del Ain Soph, (el Espacio -Abstracto-Absoluto), aumentó su tamaño y asumió ante mi insólita presencia, la venerada figura del Anciano de los Días. De mi laringe creadora brotaron entonces espontáneas palabra que resonaron en el espacio infinito y pregunté por alguien que en el mundo de las formas densas conocía; La respuesta de tan ínclito Maestro Atómico fue ciertamente extraordinaria: Para nosotros los habitantes del Ain Soph, la mente humana es lo que es el reino mineral para vosotros.

 

Es urgente afirmar que durante el Maha-Samadhi (Éxtasis sin fin) penetramos mucho más hondo y llegamos al Padre, el Espíritu Universal de Vida.

 

Antiquísimas tradiciones esotéricas que se pierden en la noche de los siglos, dicen claramente que, estando Henoch sobre la cumbre majestuosa del Monte Moria, tuvo un Samadhi clarividente en el que su Conciencia Objetiva Iluminada, fue arrebatada y llevada a los Nueve Cielos citados por el Dante en su Divina Comedia y en el último de los cuales -en el de Neptuno- encontró el patriarca la Palabra Perdida (Su Propio Verbo, su Mónada particular, individual). Posteriormente quiso aquel Gran Hierofante expresar esta visión en un recuerdo permanente e imperecedero...Así dispuso categóricamente, y con gran sabiduría, que se hiciera debajo de ese mismo lugar bendito, un templo secreto y subterráneo, comprendiendo nueve bóvedas sucesivamente dispuestas una debajo de la otra, entre las vivientes entrañas del monte...

 

El gran Maestro, el yogui Sivananda dice que muchos Maestros eligen para desencarnar el estado de Samadhi como el yogui Bhusunda:

 

Se considera el yogui Bhusunda entre los yoguines, como un Chiranjivi. Fue Maestro en la Ciencia del Pranayama. Se dice que este yogui construyó en la parte occidental del Kalpa Vriksha, situado en la cima del Mahamera, una enorme guarida donde vivió.

 

Este yogui era un Trikala Jnani y podía estar en Samadhi por largo tiempo. Había obtenido la suprema santi y jnana y en tal estado disfrutó de la felicidad de su propio Ser siempre como un Chiranjivi.

Poseía pleno conocimiento de las Cinco Dharanas y había dado pruebas de dominio sobre los cinco elementos mediante la práctica de la concentración.

 

Se dice que cuando los doce Adytyas quemaron el mundo con sus refulgentes rayos, él pudo mediante su Apas Dharana alcanzar el Akasha, y cuando el fiero vendaval sople hasta hacer saltar las rocas en pedazos, él permanecerá en el Akasha mediante el Agni Dharana. Más aún, cuando el mundo junto con el Mahamera se hunda en las aguas, él flotará mediante el Vayú Dharana.

 

Hasta aquí este relato maravilloso del Swami Sivananda.

 

Muchos seudos-esoteristas y seudos-ocultista leyeron al Swami Sivananda. No hay duda de que ese hombre fue realmente un Gurú-Deva que trabajó intensamente por la Humanidad doliente.

Es conveniente saber que este sobredicho yoguín trabajó profundamente y en mucho secreto con la Kundalini-Yoga, con el Sexo-Yoga. Parece más bien que la Hatha Yoga sólo la utilizaba como “carnada” para pescar en el río de la vida. El mismo Gurú-Deva Sivananda desencarnó gozoso en un Maha-Samadhi.

 

Como ya se ha comentado, el V.M. Samael fue y es un especialista en la Ciencia del Samadhi y durante su reciente existencia tuvo múltiples Samadhis que le sirvieron para informar y ayudar a la Humanidad doliente para que pudiéramos experimentar esta dicha inefable. Él relataba lo siguiente:

 

Veníamos hacia el Distrito Federal en un destartalado vehículo que, debido al peso insoportable de los años, rugía espantosamente en forma estentórea con mucho bochinche y estrépito. Resultaba curioso ver aquel anciano y carcamal vehículo en plena marcha ,se recalentaba horripilante y pavoroso como algo dantesco y mi amigo Rafael tenía la paciencia de lidiar con él.

 

De cuando en cuando nos deteníamos a la sombra de algún árbol del camino para echarle agua y enfriarle un poco. Esta era una faena de mi amigo Rafael, yo prefería aprovechar esos instantes para sumergirme en profunda meditación.

 

Recuerdo ahora algo muy interesante. Sentado a la vera del camino fuera de aquel curioso vejestorio, vi algunas insignificantes hormigas que hacendosas y diligentes circulaban por doquiera. De pronto resolví poner orden en mi mente y concentrar la atención exclusivamente en una de ellas.

 

Después de la concentración pasé a la meditación y por último sobrevino el Samadhi, eso que en el budismo Zen se denomina Satori. Lo que experimenté fue extraordinario ,maravilloso, formidable; pude verificar la íntima relación existente entre la hormiga y eso que Leibniz llamaría “la Mónada”...

 

Resulta obvio comprender en forma íntegra que tal Mónada directriz no está ciertamente encarnada, metida entre el cuerpo de la hormiga; es claro que vive fuera de su cuerpo físico, empero está conectada a su vehículo denso por medio del cordón de plata.

 

Tal cordón es el hilo de la vida, el “Antakarana” séptuplo de los hindúes, algo magnético y sutil que tiene el poder de extenderse o alargarse infinitamente.

 

Aquella Mónada de la insignificante hormiga por mí observada tan detenidamente, parecía en verdad una hermosa niña de doce años; vestía con una bella túnica blanca y llevaba sobre sus hombros una pequeña capa de color azul oscuro.

 

Mucho se ha hablado sobre Margarita Gautier, pero esta niña resultó ser más inefable y bella. Ojos de evocadora, gesto de profetisa, en ella hay la sagrada frecuencia del altar; su risa inocente es como la de la Monna Lisa, con unos labios que nadie en los cielos ni en la tierra se atrevería a besar.

 

¿Y qué dijo la niña? Cosas terribles. Me habló de su Karma, horrible por cierto. Platicamos detenidamente dentro del coche; ella misma entró en él y sentándose me invitó a la conversación. Yo me senté humildemente a su lado.

 

En esta experiencia mística trascendental, el Maestro entró en contacto con la Mónada de la hormiga, pero también en estos estados sublimes podemos llegar a entender el lenguaje de los insectos, de los pájaros o de cualquier animal de la Naturaleza.

 

El lenguaje de los animales se entiende cuando uno entra en meditación interior profunda. Cualquier persona que entre en meditación interior profunda, puede llegar –durante el Samadhi– a entender el lenguaje de los animales.

 

Igualmente, la concentración, la imaginación, la meditación y el Samadhi nos abrirá las puertas de los paraísos elementales de la Naturaleza. Pues si con la imaginación tratamos de percibir un árbol, si meditamos en él mismo, veremos que está compuesto de multitud de pequeñas celulosas; percibiremos su fisiología, sus raíces, su fruto, mas también lograremos ahondar un poco más y ver directamente la vida íntima del árbol.

 

No hay duda de que éste posee eso que podríamos denominar Esencia o Alma. Cuando uno en estado de Manteia, Samadhi, Éxtasis, o Arrobamiento Místico, percibe la Conciencia de un vegetal; descubre con claridad perfecta que ésta es ciertamente una criatura elemental, una criatura que tiene vida, no perceptible para los cinco sentidos, no perceptible para la capacidad intelectiva, excluida completamente del terreno sensorial, mas sí perfectamente perceptible para el translúcido. Interesante resulta que en pasos posteriores, se puede llegar a conversar, a platicar con ese elemental.

 

En otra experiencia de Samadhi el Maestro Samael relata lo que sigue:

 

Vienen en estos instantes a mi memoria reminiscencias tan interesantes. Cierta noche deliciosa, no importa cuál, en ese estado conocido como Satori o Samadhi, me entré dichoso por las puertas del templo en alas del anhelo... Y así, como otros adeptos se sentaron, yo me senté, y escuché cantos tan deliciosos... Lo que esas voces de oro dijeron, conmovió profundamente hasta las fibras más íntimas del Alma.

 

Todos nosotros alabamos entonces al emperador, esa Mónada Divina de cada cual que antes de la aurora del Mahamvantara se movía entre las aguas caóticas del espacio infinito. Una escalera en forma de caracol, espiraloide, conducía hasta la planta alta del templo. Es ostensible que tal escalinata terminaba exactamente al pie del sacro altar del emperador. El sagrario resplandecía gloriosamente sobre el Ara sacratísima y el fuego ardía entre su lámpara... Algunos floreros completaban maravillosamente aquel encanto precioso. Es obvio que las flores ponen un no sé qué exquisito doquiera que se encuentren. Empero, algo más había, algo insólito, un extraño juego de figuras talladas hábilmente en madera. Tales figuras colocadas exactamente ante el altar, en la misteriosa escalinata divinal, representaba de hecho un serio inconveniente, un óbice tremendo para llegar ante el Señor Interior.

 

Yo, entonces en lucha contra el tercer traidor de Hiram Abif, hube de estudiar profundamente el simbolismo de aquellas hieráticas figuras del misterio. Abigarrado y pintoresco conjunto de extraños seres de madera en las gradas pulidas de la escala santa...

 

Fue indispensable concentrar mi atención en tales representaciones artísticas. El Arte Regio de la Naturaleza, no es algo muerto, tiene vida y la tiene en abundancia. Recordemos aquellos cuadros vivientes vistos por Franz Hartmann en el templo gnóstico Rosa Cruz de Bohemia (Alemania). Entonces Hartmann al concentrar su atención en una representación tibetana puedo ver a un Mahatma que montado en su brioso corcel sonreía y se alejaba después de saludarle desde lejos. Es pues, el arte regio de la blanca hermandad, algo que tiene vida, algo precioso.

 

Es necesario saber que como ya se ha comentado al comienzo de la conferencia, lo primero que necesitamos lograr para conseguir el estado de Samadhi es el dominio del cuerpo físico. El control sobre el cuerpo físico comienza con el control sobre el pulso. El pulso del corazón tranquilo se siente de una vez todo en su totalidad dentro del organismo. Los gnósticos, tenemos prácticas que nos permite sentirlo a voluntad en cualquier parte del cuerpo, ya sea la punta de la nariz, una oreja, un brazo, un pie, etc. Está demostrado por la práctica que adquiriendo la posibilidad de regular, apresurar o disminuir el pulso, pueden apresurarse o disminuirse los latidos del corazón. El control sobre las palpitaciones del corazón no puede jamás venir de los músculos del corazón, sino que depende totalmente del control del pulso. Este es fuera de toda duda, el Segundo Latido o Gran Corazón. El control del pulso o control del Segundo Corazón, se logra totalmente mediante la absoluta relajación de todos los músculos.

 

Mediante la concentración podemos acelerar o disminuir las pulsaciones del Segundo Corazón y los latidos del Primer Corazón. El Samadhi, el Éxtasis, el Satori, se suceden siempre con pulsaciones muy lentas, y en el Maha-Samadhi las pulsaciones terminan.

Durante el Samadhi la Esencia, el Budhata, se escapa de la humana personalidad, entonces se fusiona con el Ser y viene la experiencia de lo Real en el Vacío Iluminador. Sólo en ausencia del Yo Psicológico podemos platicar con el Padre, con Brahman, con el Anciano de los Días.

 

En ausencia del “YO” se puede experimentar lo que existe más allá del tiempo y experimentar eso que es lo Real, ese elemento que transforma radicalmente. ¡Vivenciar lo real más allá de la mente... experimentar en forma directa eso que no es del tiempo... ciertamente es algo que resulta imposible de describir con palabras!

Los comentarios del Maestro Samael llegan a conclusiones que coinciden, de manera matemática, con los poderes que se atribuyen a los grandes iniciados hindúes de la técnica del Samadhi: Ellos declaraban que les era posible crecer hasta alcanzar el tamaño de la Vía Láctea o contraerse hasta la dimensión de la menor partícula concebible.

 

Más próximo a nosotros, Shakespeare pone en boca de Hamlet:

 

¡Oh Dios, quisiera estar encerrado todo entero en una cáscara de avellana y, sin embargo, irradiar en los espacios infinitos!

 

Es posible, a nuestro entender, no impresionarnos ante la semejanza que existe entre estos lejanos ecos del pensamiento mágico y la lógica matemática moderna. En 1956, un antropólogo que participaba en un coloquio sobre los místicos hindúes, en Royaumont, declaró:

 

Los siddhis yóguicos son extraordinarios, puesto que entre ellos figura la facultad de hacerse tan pequeño como un átomo o tan grande como un sol entero o como un universo.

 

Tanto en el relato del antropólogo sobre los siddhis, como en la expresión de Shakespeare, podemos apreciar cuestiones metafísicas extraordinarias. Si nos diéramos a la tarea del estudio comparado de las culturas milenarias, tanto de América, África, Asia o de Oriente Medio, encontraremos hechos positivos, coincidentes con las cuestiones relatadas. Por lo tanto, todas las presunciones nos inclinan a creer verdaderos hechos como éstos que, aunque nos parezcan increíbles y más allá de toda clase de lógica, existen reflejados como verdaderos en las ancianas culturas.

 

¿Cuál puede ser la significación profunda de estas correspondencias? Como siempre, en este comentario nos limitaremos a formular hipótesis. La más novelesca y excitante, pero la menos «integrante» sería admitir que las técnicas Samadhi son reales, que el iniciado, el yogui logra efectivamente hacerse tan pequeño como un átomo y tan grande como un sol, y que estas técnicas se derivan de conocimientos procedentes de antiguas civilizaciones, hoy desaparecidas, que habrían dominado las matemáticas del transfinito.

 

En otra experiencia, conseguida mediante la Ciencia del Samadhi el Maestro Samael escribe en una de sus obras lo siguiente:

 

En instantes en que escribo estas líneas, vienen a mi memoria tantas cosas... Una noche cualquiera en profunda meditación íntima, abandoné el mundo ilusorio de Maya y libertado de esos grilletes de la amarga existencia, me sumergí durante el Samadhi en el mundo del espíritu.

 

No existe mayor placer que aquél de sentirse el Alma desprendida del cuerpo, de los afectos y de la mente. Inmensa es la dicha inefable de aquellas Almas de diamante que se perdieron entre el Gran Alaya del Universo. Y embriagado por el éxtasis me entré por las puertas del templo de paredes transparentes. Y con el ojo abierto de Dagma, con esa visión espiritual del adepto o Jivanmukta, miré hacia abajo, en lo profundo, y vi entonces en el fondo del abismo de la mente a muchos seres queridos.

 

Océano de la mente cósmica, precipicio, despeñadero, profundidad que espanta... que sufren. ¡Ay!... no me desoléis así, tened compasión de mí... Cese ya nuestro desvío, ojos que me dais congojas, ojos con aspecto de hojas empapadas de rocío.

 

Y esas sombras se dilataban melancólicas y extrañas, asumiendo misteriosas trazas de humareda que apaga tintas de llama. Murmullo de palabras confusas, vagas y con tristeza profunda en el Alma... ¡pobres sombras! ¡Vanas formas del mundo de la mente!

 

Así como el mar furioso azota inclemente con sus olas a la playa, así también del mundo de la mente, del mar del entendimiento, surgían olas que inútilmente intentaban desesperadas azotar el umbral del templo de paredes transparentes. Litelantes, la Dama-Adepto, exclamó indignada: “Esas mujeres molestan mucho, intentan llegar hasta aquí” y desenvainó su espada flamígera, yo hice lo mismo. Estas espadas se revolvieron por un instante amenazadoras, lanzando por doquiera fuego devorador. Y aquellas sombras vanas de la mente universal, aterrorizadas se perdieron entre el espantoso abismo de Maya. En estado de Samadhi, en ausencia del cuerpo, de los afectos y de la mente, venimos a experimentar en forma directa eso que es la Verdad.

 

Las humanas multitudes que entran en estos estudios, piensan que los grandes iniciados, que los Maestros al conocer las leyes y los misterios de la Naturaleza tienen todo hecho, piensan que ellos llevan una vida fácil de éxitos y triunfos, pero la verdad es que contrariamente a las apariencias de los Bodhisattwas en las obras artísticas y de la literatura seudo-esotérica, éstos no viven tan cómodamente.

 

Los grandes iniciados, los sublimes Maestros los auténticos Bodhisattwas están comprometidos a desarrollar cualidades espirituales por medio de todo tipo de prácticas, particularmente por medio de la práctica de las seis paramitas.

 

El término paramita se traduce generalmente por perfección o virtud, pero su significado es más bien disciplina para el logro de la Iluminación.

 

Dana (generosidad), es la primera disciplina de estas paramitas, para el logro de la Iluminación. Según la tradición mahayánica se puede ser generoso en muchas maneras, que van desde las más toscas hasta las más sutiles y refinadas.

 

Lo primero y más obvio que se puede dar son las cosas materiales: comida, cobijo, y otras cosas. En segundo lugar está dar educación y cultura. La tercera forma de generosidad es psicológica: dar la intrepidez. Muchísima gente padece sentimientos profundos de inseguridad y el Bodhisattwa tiene que resolver esos sentimientos; es como si él tuviera que ser algo así como el psicoterapeuta en el plano trascendental.

 

En cuarto lugar está el Dharma. Dar el Dharma es compartir la comprensión de la verdad en la medida que se conoce.

 

Se da aquello que incluye a todo lo demás, se da uno a sí mismo en las relaciones con los demás. No simplemente se da una parte de sí reservando el resto. El Bodhisattwa puede decir, tomando las palabras de cierto yogui: Cuando doy, me doy a mí mismo.

 

Quizá aún tendrá que pasar tiempo para que el místico occidental se vea poseído de este espíritu de generosidad. No obstante, la generosidad es una virtud que cualquier budista que practica, o cualquier aspirante a Bodhisattwa, necesita desarrollar. En los países del Mahayana dicen:

 

No importa si no sabes meditar, no importa si no sabes leer o comprender las escrituras; por lo menos puedes dar. Si no puedes hacer eso, no te encuentras en el camino a la Iluminación en sentido alguno.

 

Sila, es la segunda paramita, disciplina, desafortunadamente traducida como moralidad, pero la traducción literal es honestidad. Esta disciplina se centra en aspectos de la conducta del Bodhisattwa por medio de preceptos o directivas que pueden ser aplicadas a cualquier acto del cuerpo, del habla y de la mente. El Bodhisattwa trata cuidadosamente de no dañar ni aun al ser más insignificante de todos los seres.

 

El Bodhisattwa en un primer precepto sobre Sila reflexiona así:

 

Yo no he creado la vida, tampoco puedo remplazarla una vez destruida, por lo tanto no tengo derecho a tomarla o dañarla en modo alguno.

 

El segundo precepto, seguido por el Bodhisattwa, es expresado así tradicionalmente: compromiso a abstenerse de tomar lo que no se me ha dado. En otras palabras, uno se abstiene del robo o cualquier tipo de fraude. Al observar el tercer precepto, uno se compromete a abstenerse de la conducta sexual incorrecta. Estos son los preceptos que se refieren a la ética de los actos corporales.

 

El cuarto precepto da directivas sobre la ética del habla. El Bodhisattwa no sólo se compromete a decir la verdad, sino a decirla también con gran amor y afecto, teniendo en cuenta los sentimientos y las necesidades de quien le escucha. Además, tanto si habla con una persona como con varias, el Bodhisattwa habla de forma que promueva la armonía, la concordia y la unidad. Resumiendo, practica la verdadera comunicación.

 

La ética no se interesa solamente en los actos del cuerpo y del habla, se interesa también en los actos de la mente. Por consiguiente, el quinto precepto concierne a la preservación de la atención consciente con todo lo que eso implica (conciencia plena, vitalidad, mente alerta, presencia mental... etc.). La práctica de este precepto conlleva evitar cualquier cosa que disminuya la atención consciente. Tradicionalmente esto se refiere a los excesos con el alcohol y las drogas, pero cualquier cosa que pueda usarse como una droga podría añadirse a la lista.

 

Ksanti es la tercera paramita o práctica del Bodhisattwa es. Es difícil traducir ksanti con una palabra específica ya que quiere decir varias cosas. Quiere decir paciencia: paciencia con la gente y con las cosas. Quiere decir tolerancia: permitir a los demás que tengan sus propias ideas, sus propios pensamientos, sus propias creencias e incluso sus propios prejuicios. Quiere decir amor y amabilidad. También quiere decir franqueza, predisposición a comprender las cosas y, especialmente, la receptividad a verdades espirituales superiores.

 

Es muy difícil ser verdaderamente receptivo. Incluso cuando oímos algo crucial, desde el punto de vista espiritual, es muy posible que no lo comprendamos realmente. Es probable que lo recibamos a nivel intelectual, que juguemos con la idea pero sin permitir que descienda a las profundidades de nuestro ser. Los prejuicios y las emociones negativas la detienen a mitad de camino.

 

Virya, es la cuarta paramita, es la energía o el vigor que persigue lo bueno. La Virya es primordialmente el esfuerzo para desechar emociones negativas tales como produce los Yoes del odio, los celos y la avaricia; y fomentar emociones positivas tales como las que produce la Virtudes del amor, la compasión, la alegría y la paz. Esto significa la práctica de los Cuatro Esfuerzos: prevenir que surjan estados de Conciencia torpes, erradicar los estados de Conciencia torpes que han surgido, hacer que surjan los estados de Conciencia hábiles, y, finalmente, mantener los estados de Conciencia hábiles que han surgido. La Virya no es sólo necesaria para practicar este tipo de esfuerzo, sino que lo es también para practicar todas las disciplinas que conducen al logro de la Iluminación; incluso para la práctica de ksanti; de hecho, sin energía no se puede hacer nada.

 

Samadhi, es la quinta paramita, y se nos presenta también con otro término intraducible. Este término tiene tres niveles distintos de significado. En un nivel quiere decir concentración, en el sentido de la unificación de las energías psíquicas, el enlace de todas las divisiones en nuestro ser. Luego está Samadhi en el sentido de la experiencia conseguida de niveles de Conciencia cada vez más altos, es el tipo de experiencia que se tiene en meditación, cuando se ha logrado una perfecta concentración.

 

Este nivel de Samadhi incluye el desarrollo de lo que la tradición budista llama poderes supranormales (la telepatía, la clarividencia... etc.) En su tercero y superior sentido, el Samadhi es la experiencia de la realidad misma, o como mínimo la receptividad a la influencia directa de la realidad. Esta experiencia podría comenzar con destellos de Visión Clara - quizá del tipo que los tuvo un gran iniciado cuando vio el mundo en un grano de arena.

 

Prajna, es la sexta paramita o disciplina, es la sabiduría. La tradición budista menciona tres tipos de sabiduría. El primero es la sabiduría que se obtiene escuchando a Maestros del Dharma y leyendo las escrituras - la sabiduría obtenida de segunda mano, por así decir. El segundo tipo es la sabiduría que se obtiene reflexionando sobre lo que hemos oído y aplicando nuestro propio pensamiento a ello. El tercer tipo de sabiduría surge cuando meditamos sobre nuestras reflexiones y coincide con el nivel superior del Samadhi.

 

Estas son, pues, las disciplinas que ha de practicar el Bodhisattwa. Todas juntas constituyen quizá la forma de vida más noble jamás propuesta a la Humanidad; un esquema completo y perfectamente equilibrado para el desarrollo espiritual.

 

La generosidad y la honestidad proporcionan respectivamente el aspecto de la consideración por los demás y el de la consideración por uno mismo; el altruismo y el interés por uno mismo. La paciencia y el vigor proporcionan el desarrollo de las virtudes femeninas y el de las masculinas. La meditación y la sabiduría proporcionan las dimensiones internas y externas, los aspectos subjetivos y objetivos de la experiencia de la Iluminación.

 

Muchos son los requisitos y niveles de profundidad en esta sagrada Ciencia del Samadhi, pero el camino iniciático es la propia vida sabiamente vivida. Si nos retiráramos a una caverna solitaria sin habernos auto-descubierto, sin habernos conocido a sí mismos, sin haber disuelto el Ego, el resultado sería el más absoluto fracaso.

Recordemos que lo urgente es la sabia combinación del trabajo sobre si mismo y las técnicas para lograr el Samadhi. En los Himalayas, muchos anacoretas vivieron en cavernas y hasta desarrollaron algunos "shiddis", es decir, poderes; esos ermitaños, a base de rigurosas disciplinas esotéricas, consiguieron el "Samadhi", y penetraron incluso en el "Alaya" del Universo, perdiéndose por instantes en el Supremo Parabrahatma.

 

Lo que sucedió, realmente, fue que entrenados en las más diversas disciplinas de la mente, tales yoguis lograban desembotellar la Esencia, la Conciencia, y ésta, en ausencia del Ego, vino a experimentar eso que no es del tiempo, eso que está más allá del cuerpo, de los afectos y de la mente. Embriagados, pues, con el Samadhi, se creyeron Mahatmas, sin embargo, nunca trabajaron sobre el Ego, jamás se preocuparon por desintegrar los diversos agregados psíquicos, sólo se especializaron en el Yoga de la Meditación y del Samadhi.

 

Pasado el Éxtasis, la Esencia volvió otra vez al Ego, al interior del mí mismo, posteriormente retornaron, regresaron, se reincorporaron, y ahora son, en el mundo occidental, personas vulgares, comunes y corrientes, y tanto en el Oriente como en el Tíbet, se les sigue aún todavía venerando como a santos...

 

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